Carlos Jacanamijoy



 




Contexto: Los Ingas

En la actualidad, después de muchas definiciones y redefiniciones del concepto ¿arte¿, se ha entendido cabalmente que una obra no puede ser comprendida y juzgada sino devolviéndola a los elementos de los cuales resulta, puesto que lo contrario equivaldría a separarla del complejo histórico al que pertenece y a despojarla de su verdadero significado. Pues bien, la obra de Carlos Jacanamijoy hace parte de un complejo histórico diferente a los reconocidos, y aunque su producción no se halla dirigida de manera exclusiva a su pueblo, de todas maneras su causa, su fuente, su gestación, están íntimamente ligadas con su cultura. Sería tan equivocado aproximarse a su trabajo sólo con los argumentos que se emplean para apreciar la producción artística de la cultura hegemónica, como sería imposible captar a plenitud sus contenidos sin considerar los valores, la visión, la cosmogonía, de los ingas, una comunidad indígena que se halla asentada desde finales del siglo XV o comienzos del XVI en el Valle de Sibundoy en el departamento del Putumayo, al sur de Colombia.
Carlos Jacanamijoy nació en 1964 y permaneció al lado de su familia hasta 1982, es decir hasta cuando, a los dieciocho años de edad, decidió trasladarse a Bogotá para iniciar estudios universitarios. Para ese entonces, como es apenas natural, el artista ya había asimilado las peculiaridades de su sociedad, se había impregnado de mitos y leyendas que le enseñaron a diferenciar el bien del mal, se había acoplado con las costumbres y la particular organización social de los ingas, había asumido el singular sincretismo cultural y religioso propio de su comunidad, y se había compenetrado con un sistema de valores éticos y estéticos que no necesariamente están en concordancia con los de la cultura dominante en la sociedad colombiana.
Los ingas descienden de comunidades que hicieron parte del imperio inca y pertenecen por consiguiente al grupo lingüístico quechua. Guerras entre etnias indígenas que tuvieron lugar antes del descubrimiento de América, sin embargo, separaron a los ingas de otras comunidades de lengua quechua de Ecuador, Perú y Bolivia, razón por la cual su cultura fue adquiriendo algunos rasgos distintivos relacionados con sus experiencias, su entorno y sus particulares relaciones con la cultura occidental.1 Tal vez estos hechos tengan alguna relación con la tradición de viajeros en constante búsqueda de conocimientos en otros pueblos indígenas que distingue a los ingas, aunque en los últimos tiempos se ha presentado también un considerable desplazamiento hacia las grandes ciudades del país.
En lo relativo a su entorno es importante resaltar que el Valle de Sibundoy, que alguna vez fue un lago, es una meseta que cruzan varios ríos, y que se encuentra rodeado de montañas circundadas a su vez por una naturaleza variada y opulenta que ha sido estudiada con insistencia por etnobotánicos de distintos países, la cual constituye la principal reserva tanto ambiental como económica de sus habitantes.2 Son bastante numerosas las variedades de plantas que han sido bautizadas en las selvas húmedas tropicales cercanas a Sibundoy, como son variadas y abundantes las propiedades alimenticias, medicinales y alucinógenas que las caracterizan. Es tan notable la riqueza de la zona en esta materia, que algunos profesionales han sostenido que ¿uno no puede realmente decir que es botánico hasta que no haya trabajado en Sibundoy¿.3
No es extraño, por consiguiente, que muchos ingas sean yerbateros o curanderos, ni que la naturaleza, vegetal y animal, desempeñe un papel preponderante en las costumbres, los rituales y en general en la vida cotidiana de la comunidad. Para los incas la Pachamama, es decir, la madre tierra, origen de la vida, era digna de toda veneración, al igual que para los ingas son merecedores de una consideración con connotaciones místicas algunos productos de la tierra, y en particular, el llamado ¿bejuco del alma¿, la planta alucinógena más afamada de la región del Amazonas: el yagé.
El padre del artista es un curaca, es decir una especie de chamán acatado y respetado por su pueblo, quien, al tiempo que profesa con plena convicción la fe católica, también conduce rituales y ceremonias ancestrales que ayudan a los participantes a liberarse espiritual y físicamente de los males o equivocaciones que puedan padecer. No hay que olvidar, sin embargo, que en la cultura inga son las mujeres quienes hacen más explícitos los símbolos identitarios a través de elementos como el chumbe, una especie de faja tejida por ellas con diseños básicamente romboidales que para esta comunidad evocan el vientre, el lugar donde se gesta la vida, las cuales constituyen simultáneamente, la prenda de vestir más llamativa y distintiva de los ingas, y la vía más reconocida de su expresión artística.4 La mujer, además es la encargada de transmitir los valores de la etnia a sus hijos.5
Entre los ingas, por otra parte, las relaciones familiares no se conducen por los mismos rumbos que en la mayoría de las sociedades que conforman la nación colombiana. Entre ellos, por ejemplo, todos los hombres mayores son considerados y tratados como tíos y, por ende, todos los menores son designados como sobrinos. Así mismo, el compadrazgo es una relación que se establece de muy diversas formas y que implica derechos y deberes que no aplican en el resto del país.
Pues bien, en ese entorno social y natural tan particular y diferente del que han experimentado la inmensa mayoría de los artistas plásticos en esta era de globalización creativa y homogeneidad crítica, es decir, en el seno de un pueblo donde a pesar del mestizaje impuesto con la llegada de los europeos a América han sobrevivido infinidad de costumbres, tradiciones y valores autóctonos, se formó humana y culturalmente Carlos Jacanamijoy y brotaron las raíces de su arte.

1 Benjamín Jacanamijoy Tisoy, Chumbe, Arte Inga
(Bogotá, Ministerio de Gobierno, 1993).

2 El más famoso de los botánicos que han trabajado en Sibundoy es el profesor Richard Evans Schultes, quien se desempeñó posteriormente como director del Museo Botánico de Harvard.

3 Wade Davis, El Río (Bogotá, Banco de la República, El Áncora Editores, 2001), pág. 163.

4 Benjamín Jacanamijoy Tisoy, loc. cit.

5 Rubén Darío Guevara, ¿Los Ingas del Putumayo: Interacción entre etnicidad y género¿, Colombia: Ciencia y Tecnología, vol. 14, No. 2, pág. 23-31.


Inicios: La Naturaleza

Una vez en Bogotá se incrementaron, como era de esperarse, las relaciones entre Carlos Jacanamijoy y los hechos, costumbres y valores que predominan en el mestizaje europeizante que caracteriza la vida en la mayor parte del país. El artista mantiene estrechas relaciones con su familia, es decir, con la comunidad inga, y participa con regularidad en sus fiestas y ceremonias. Pero la universidad, por supuesto, encauzó su expresión creativa hacia los atributos compilados en largos siglos de arte occidental, los cuales registró juiciosamente, al tiempo que profundizaba en su conocimiento de los argumentos que respaldaron el desarrollo de los períodos y estilos de la pintura desde sus inicios hasta la contemporaneidad.6
En la universidad también se entrenó con esmero en el empleo de las diferentes técnicas pictóricas adquiriendo una especial destreza en el manejo del óleo, según puede comprobarse en la sugestiva presencia de sus lienzos en los cuales, contrastes y transparencias, gamas y empastes, profundidad y bidimensionalidad revelan, cada vez que son utilizados o aludidos, plena conciencia de sus propiedades y alcances.
Desde sus primeras producciones pictóricas, sin embargo, el artista hizo claro que, a pesar de que el medio de expresión escogido para comunicar sus vivencias y visiones al mundo contemporáneo era de origen europeo, en su obra no se renunciaría a la expresión de las experiencias y conocimientos que había registrado desde su niñez, ni de los valores y significados que habían marcado su crecimiento físico y espiritual. Una imbricada simbiosis en la que toman parte, lo heredado y lo aprendido, lo autóctono y lo foráneo, lo intuitivo y lo racional, constituye el fundamento de su obra, y no es extraño, por lo tanto, que desde sus años de estudiante su trabajo se hubiera diferenciado notablemente del de sus condiscípulos, aunque no sólo por razones de técnica o estilo ¿dos elementos que han perdido todo protagonismo en el arte contemporáneo¿, sino por razones de contenido, porque su trabajo se halla enriquecido por preceptos y consideraciones culturales, gracias a las cuales el observador es conducido a sensaciones y visiones desconocidas y sorprendentes.
Desde entonces, además, es patente que así como la naturaleza está estrechamente vinculada con las tradiciones y devenir de la cultura inga ¿¿guardianes ancestrales de los secretos de la tierra¿7¿ y constituye su principal fuente de recursos tanto materiales como espirituales, la naturaleza también sería la médula de su obra, pero no como táctica pictórica, documento o punto de partida, sino como vía para expresar sus especiales relaciones con el universo, su concepción de la naturaleza como compendio de todas las virtudes y beneficios que se vierten sobre el hombre, y como el camino más adecuado para comunicarse con la conciencia y los sueños, con la realidad y el más allá.
Es decir, la evocación de la naturaleza en el trabajo de Jacanamijoy tiene poco que ver con las representaciones del mundo natural que han sido registradas por la historia del arte. En su trabajo la naturaleza no hace parte de espectaculares panoramas ni de románticos parajes, tampoco provee la materia prima para disquisiciones botánicas o abstracciones formales. En sus lienzos, como en la cultura inga en general, la naturaleza es fuente de espiritualidad, una especie de trampolín que le permite, tanto al artista como al espectador desprejuiciado, dar el salto hacia su propio interior y perderse en una dimensión en la que es difícil distinguir la fantasía de la realidad y las visiones de las experiencias.
En sus primeras obras ¿aquellas producidas entre 1992 y 1994¿ el espacio pictórico o la profundidad ilusoria propia de la pintura, es más reconocible y definida que en sus trabajos más recientes, como lo son las formas de la naturaleza, del sol y la luna, de las hojas y los frutos, de los bejucos y las flores. Descripciones eruditas dan cuenta de que en Sibundoy ¿desde el mismo borde de las trochas, las enredaderas se aferran a la base de los árboles y las heliconias y calatheas herbáceas ceden ante los airodeos de hojas anchas que trepan en las sombras¿, y aunque en sus obras se trata simplemente de sugerencias formales y cromáticas de vida vegetal, es evidente que producen la misma sensación de fertilidad y exuberancia.
La espontaneidad campea en estas pinturas de ejecución gestual, gracias a la cual se pueden adivinar los movimientos de las manos del artista y los impulsos del pincel. Pero su propósito no tiene nada que ver con la visualización de actitudes estilísticas ni con representaciones que persigan documentar la realidad visible, sino que, por el contrario, son en primer término componentes de un todo encaminado a sumergir al observador en una visión del mundo que se origina en la selva, que se nutre de su sabia cromática, pero en la que priman nociones inaprensibles, abstractas, como afluencia, recelo y energía. Sus obras, además, imponen reflexiones acerca del comportamiento humano en relación con la naturaleza, es decir, con el cuidado y atención que se debe a los rumbos de su evolución y crecimiento.
En la mayoría de estas pinturas hay un énfasis central aunque todas dan la impresión de ser apenas un encuadre, un segmento cuadrangular de una visión mucho más amplia que se extiende de manera indefinida a lado y lado de la fracción representada. En ellas, aparte de los elementos naturales, los espacios también son más precisos, más delimitados que en sus trabajos posteriores. Pero desde estas primeras obras es perfectamente claro que entre las intenciones del artista se cuenta, en primer término, la de conciliar su vida interior con la vida exterior, su intimidad y sensibilidad con una realidad que se observa y se disfruta con plena conciencia de sus múltiples estímulos. No en vano el artista ha expresado que pone ¿énfasis en la experiencia, en lo vivido, pero en lo vivido humanamente. Lo que sucede cuando aquello que en principio es material deja huellas en el espíritu¿.8

6 El artista, además de Bellas Artes, llevó a cabo estudios universitarios en Filosofía.

7 Carlos Jacanamijoy, ¿Putumayo, Infinitas Posibilidades¿, Revista Cambio 16, Edición especial cuarto aniversario. ¿Colombia, país de oportunidades¿, edición No. 222, pág. 235 y 236, 1977.

8 Carlos Jacanamijoy, Catálogo de la exposición de sus pinturas en el Museo de la Nación, Lima, junio 2001.



Consolidación: El Color


A partir de 1995, las pinturas de Jacanamijoy tienden primero a oscurecerse y más tarde a abigarrarse, lo que va acercándolas a un tipo de abstracción que, a diferencia de las obras de la mayoría de los artistas que trabajan con esas intenciones, no se basa en la estilización de formas ni parte exclusivamente de la mente del pintor. Cada vez van haciéndose menos evidentes las pinceladas y cada vez van desdibujándose nuevos elementos, en tanto que el color va convirtiéndose en el protagonista, en el componente más importante, en el dispositivo encargado de volcar en el espectador ese contenido cultural y espiritual a que se hizo referencia y que, a partir de la mitología, propicia reflexiones éticas y provee una perspectiva inédita del universo.
Pequeñas y esporádicas formas que sugieren tenazas de crustáceos, alas de mariposa, hojas y moluscos son los únicos vestigios de representación que permanecen en sus pinturas de esta época. En algunos casos puntos repetidos incrementan la sensación de vida animal, de manchas de insectos, y con ello la impresión de selva, de luz que se cuela por entre el follaje, de desarrollo biológico no intervenido por el hombre. Pero nada está representado en forma directa, todo se ha vuelto, si se quiere, más difuso, incluido el espacio que para esta época se ha hecho difícilmente mensurable, aunque una sensación de espesura, de superposiciones fitomorfas deja la inequívoca sensación de que el observador se encuentra ante una maraña vegetal tejida desde tiempos inmemoriales.
Las selvas cercanas al Valle de Sibundoy, en especial su vegetación, y atmósfera siguen siendo las protagonistas, o mejor, los recursos iniciales de sus lienzos, pero a partir de este momento su trabajo empieza a abordarlas priorizando su carácter misterioso, su vibrante cromatismo, su atractivo fulgurante. Podría afirmarse que sus pinturas representan una entelequia de la selva más que centrarse en una descripción de sus componentes o detalles, pero se trata sin duda de una ficción alucinada, que deviene de experiencias y presentimientos, que pasa por ilusiones e intuiciones y que conforma finalmente imágenes de vértigo.
No hay duda que existe una estrecha relación entre las pinturas de Jacanamijoy y las experiencias derivadas de los rituales y efectos de ese bebedizo sagrado para los ingas y extraído de una especie de liana o bejuco llamado por los indígenas ambihuasca pero más conocido como yagé, al que se hizo referencia anteriormente. Todos los ingas son iniciados por sus padres en el rito del yagé, el cual se prolonga durante toda una noche y es conducido por un curandero o un curaca que utiliza objetos rituales como un cuarzo, un manojo de hojas y una corona de plumas que cae por la espalda hasta la cintura, elementos todos que, aunque no se reproducen de manera puntual, de todas maneras hacen gala de cualidades que se reflejan en sus obras.
En sus trabajos, por ejemplo, la vegetación parece poderse apreciar desde varios puntos de vista simultáneamente, pero no con las intenciones racionales de ilustrar sobre las muchas facetas de lo representado ¿como hicieron los artistas del movimiento cubista de comienzos del siglo anterior¿ sino con propósitos mágicos y a la manera que se reproduce el mundo en los distintos ángulos de un cristal, de un cuarzo en el cual centellean todos los colores. La intensidad cromática de las plumas y sus armónicos contrastes son, sin embargo, el más notorio influjo de los objetos del yagé en el trabajo de Jacanamijoy.
Pero es claro que el rico y acentuado color de sus pinturas tiene aun más evidentes ascendientes que en los objetos del rito, en las visiones que suscita el yagé, en las cuales ¿ráfagas de colores que se trocan uno en otro¿ constituyen una de sus más insistentes fantasías.9 Fondos indescifrables de una luminosidad verde o violeta, rojos brillantes que se desprenden de la vegetación, reflejos amarillos que parecen originarse en las estrellas y azules profundos que permiten evocar el agua y el cielo, son tonalidades con el sello poético de las alucinaciones que parecen confabular desde la pintura de Jacanamijoy para inducir al observador a dejarse llevar, a abandonarse en los laberintos entre inquietantes y placenteros de una conciencia y una sensibilidad exacerbadas.
El arco iris, fenómeno del color por excelencia, cargado de variados simbolismos en todas las culturas, también goza de una especial consideración entre los ingas que lo honran con una celebración llamada el atunpuncha, que corresponde con el carnaval y en cuyo desarrollo pétalos de flores se colocan sobre la cabeza de la gente como reiterando la estirpe cromática de la festividad. No sería extraño que este reconocimiento al arco iris tuviera su origen, o al menos fuera vigorizado, en las visiones del yagé, ya que es usual oír hablar acerca de esta manifestación atmosférica de armoniosa variedad a los participantes en los rituales. Tampoco es extraño, por consiguiente, que los colores de Jacanamijoy busquen proyectar su iridiscencia, ni que el arco iris se encuentre entre las principales referencias que imponen sus imágenes.
Ante sus obras, además, se experimentan sensaciones de efectos y fenómenos no necesariamente visuales como sereno y frío, humedad y viento, o manifestaciones y presencias no representadas de manera explícita, como el silencio y los sonidos de la naturaleza, el crecimiento de las plantas, el aletear de los insectos e inclusive la respiración agazapada del jaguar. De ahí esa atmósfera de misterio que las impregna a pesar de su cromático atractivo, y de ahí que se puedan comparar con metafóricas invitaciones a penetrar en lo desconocido, a adentrarse en situaciones o parajes que parecieran combinar cierto riesgo, cierto albur, con la fascinación ineludible de una naturaleza pródiga y exótica.
En conclusión, si la naturaleza, como en la cultura inga, es el centro de atención en la obra de Jacanamijoy, el color, es el elemento que potencia sus sugerencias. Es evidente que el artista sabe todos los secretos del color, cuáles influyen en las tonalidades contiguas, cuáles matizan y cuáles desentonan, cuánta es la cantidad necesaria para su eficacia y equilibrio, cuáles avanzan y cuáles retroceden. Pero más importante todavía, el pintor sabe también que las variaciones tonales pueden ser infinitas, y que para su pincel ninguna está vedada, puesto que para la plena expresión de los contenidos de su obra es absolutamente necesaria una libertad cromática total.

9 Wade Davis, op. cit., pág. 228


Desarrollo: Energía

Aunque prácticamente desconocidos por el público, Carlos Jacanamijoy también produce dibujos que se diferencian de su producción pictórica no sólo en su color sino en su inspiración y sus propósitos. Son obras silenciosas y modestas, realizadas con la mente en blanco o pensando en otra cosa, es decir, sin intenciones muy claras y siguiendo sin mucha atención, los erráticos impulsos de la mano. Esa especie de pequeños registros de movimientos que unas veces toman una dirección y a veces otra, son ensamblados por el artista sobre papeles de mayores dimensiones, añadiéndoles una tonalidad y en ocasiones dos, pero de todas maneras aplicándoles un colorido que, si bien les aporta un determinado talante, es bastante restringido en comparación con el de sus pinturas.
Otro tipo de producciones del artista que tampoco son muy conocidas por el público son sus aguadas sobre papel y sus pinturas en blanco y negro. En estos casos se trata de representaciones relacionadas muy de cerca con las de sus óleos, pero en las aguadas el rasgo divergente más palmario es que se hallan realizadas con el sentido de gama, de escala de grises, en tanto que en las segundas el atributo más patente es la elocuencia del gesto, la intuición del artista para anticipar los efectos visuales de un determinado movimiento, de su intensidad y de su prolongación.
A pesar de su índole monocromática estas pinturas transmiten tanta energía como los trabajos con los cuales se identifica por lo regular su producción, y en ellas palpita la naturaleza poniendo de relieve los conocimientos y talento del artista para exponer y comunicar ¿a pesar de haber omitido su recurso más preciado, el color¿ el contenido anímico, interior, espiritual de su producción. La reiteración monocromática de estas intenciones y ambiciones constituye también una manifestación de las arraigadas convicciones del artista acerca de la pertinencia y los alcances de sus designios expresivos.
Por lo anterior, y volviendo a su producción policroma, podría afirmarse que si el color representa el poder y constituye el elemento predominante en el trabajo de Jacanamijoy, en parte gracias a él, pero también en parte debido al brío con que el artista aplica los pigmentos sobre el lienzo, sus trabajos hacen gala de una contagiosa energía que conduce al observador al estado anímico apropiado para internarse en la apreciación de sus visiones. Todas sus pinturas son agitadas, dinámicas, y en ellas cada pincelada da la impresión de ser la huella de los movimientos frenéticos de una danza ritual que conduce inexorablemente a un paroxismo cromático.
Así puede comprobarse en sus trabajos producidos a partir de 1999, cuando, podría decirse, que se inician nuevas metas en sus óleos las cuales van diferenciándolos paulatinamente no sólo de sus dibujos, aguadas y lienzos en blanco y negro, sino inclusive de sus trabajos policromos de años anteriores. En estas pinturas ha revivido el interés en que se logre percibir la manera como fueron hechas y por ende la presencia del pintor. Pero más significativo aún, su color se ha depurado y se ha hecho más directo y más brillante, aunque sólo si se colocan lado a lado trabajos de comienzos, de mediados y de finales de la década de los noventa, será evidente la transformación cromática que ha tenido lugar, ya que no es cuestión de variedad sino de intensidad, de refulgencia. Cierta oxidación que era perceptible en sus trabajos anteriores, por ejemplo, ha desaparecido y una nueva luminosidad se muestra exultante en la superficie de sus lienzos.
Es más, en los últimos meses el artista parece haber dado un paso adelante en esa evolución constante y sin rompimientos radicales que ha distinguido su producción. Su formato se ha hecho más horizontal y su paleta se ha tornado más entonada, menos contrastante. Es una etapa que se inicia apenas cuando se escribe este texto y cuyas implicaciones, consecuencias y persistencia no son aún muy claras, pero es evidente que su obra está en este momento explorando otro ángulo de la misma problemática, reiterando el carácter simultáneamente diverso y semejante de su producción.
El trabajo de Jacanamijoy además de ser producto de un proceso donde las variaciones no son totales sino permanentes, se desarrolla en diferentes direcciones al mismo tiempo. La pintura, la aguada y el dibujo se abren y desenvuelven cada cual con rumbo propio, de la misma manera que su temática y color se internan en planteamientos peculiares que resultan de sus experiencias culturales y de su voluntad de comunicarlas visualmente. En esta era de uniformidad crítica, cuando se espera que los artistas hagan los mismos planteamientos en todas partes y cuando se explican sus trabajos con argumentos similares sea cual fuere el contexto en el cual se han producido, es por demás reconfortante encontrar obras como las de Jacanamijoy, que no haría ningún sentido examinar a través de los estereotipos conceptuales que en la actualidad se aplican a la plástica a lo largo y ancho del planeta, puesto que sólo pueden comprenderse a plenitud si se aprecian, o mejor, se experimentan, en concordancia con el entorno físico y social que las genera.
Dicho de otra forma, su trabajo se halla inmensamente enriquecido por significaciones culturales, las cuales lo particularizan aportándole una estética y una historia distintas, provenientes del mundo indígena y ligadas con su magia, hechizo, misterio e irracionalidad. Pero una irracionalidad que sólo lo parece a nuestros ojos de citadinos globalizados y homogéneos, porque en realidad se trata de la racionalidad desconocida de seres con otro sentido del tiempo y de la historia, y con una cosmovisión que difiere ampliamente de la establecida y acatada en la casi totalidad del planeta. Sus obras exigen una purga, una limpieza de todo preconcepto para poder actuar sin cortapisas y suministrar sabiduría.
La originalidad de la obra de Jacanamijoy deriva de su voluntad de mantenerse unido a su cultura, de celebrar de manera ostensible y orgullosa buena parte del legado de sus antepasados y de convertirla en propuesta artística de gran aliento. Podría decirse que en este proceso Jacanamijoy hace el papel de sacerdote de un mundo olvidado pero no perdido, cuyos principales ritos, visiones y creencias el artista reestructura e intenta conservar y proyectar en el hecho vivo y potente de sus cuadros.