Jaime Jose



 




por Jaime José

Pintar lo que sea, lo que se mueve, lo que vuela, lo que se deleita, lo que da gusto, lo que da coraje, lo que emociona, lo que da placer, lo que se olvida, lo que da miedo. Pintar lo divino, pintar lo profano, pintar los mitos, pintar las tradiciones, pintar las costumbres, lo que se denuncia, lo que es un recuerdo. Pintar la vida, pintar la muerte, pintar el amor, pintar lo erótico, pintar lo púdico, pintar la ninez, pintar verdades, pintar mentiras, pintar suenos, pintar jaladas, pintar la risa, pintar la tristeza, pintar la alegría, la soledad, los albures. Pintar la magia, pintar los sentimientos, pintar lo que nos espera, pintar la gloria, pintar la envidia, la soberbia, pintar lo sencillo, pintar la naturaleza, el mar, las montanas, las flores. Pintar los pájaros, los animales, pintar la mujer, pintar las injusticias, corruptelas. Pintar los grandes amores, las grandes entregas, las grandes pasiones, lo más sublime, lo más vil y rastrero; pintar la humanidad, pintar la humildad, pintar el sacrificio, pintar la comedia humana y su mascarada. Pintar los disfraces, pintar lo contemporáneo, pintar la felicidad, la desdicha, los desamores, los rencores; pintar la ironía, pintar el dolor, pintar el sarcasmo, el futuro y toda clase de actos que sean dignos de ser recordados... Esto parece ser el común denominador de todos los artistas pero, para pintarlo hay que sentir que el fuego corre por tus venas cual lava que quema el cuerpo. Así es como debe sentirse la pintura: Que te hiera, que te deleite, que te hable interiormente y, al mismo tiempo, sientas un gran alivio en su descarga. A veces calmado y alegre y, otras veces, acelerado y agresivo, pero entregándote con una autenticidad total a lo que se expresa. Pintar por pintar; cantar por cantar; escribir por escribir; tocar por tocar; actuar por actuar, no transmite, no tiene pasión y, por eso mismo, no tiene sentido.

Dejar que la energía fluya cada momento de la vida; aprovechar hasta el último momento de la existencia terrenal; dejar que la sangre se encargue de calentar el cerebro para que aliente la imaginación y la conduzca a buscar el equilibrio emocional y, por ende, la paz interna de los sentidos. "Alárgame la vida", "Prolóngame la muerte"... Dilema de los humanos que nos cansamos de pedir. Todo está dado, para todo hay un destino y éste no se equivoca. Es un designio de un ser superior que parece decir con su sonrisa: "Aprovecha el tiempo"; es tu tiempo y de nadie más. ¡Las cosas en vida hermano!, no se las dejaré a otros. Yo quiero ser el arquitecto de mi destino.

Pintar y pintar, caminar y caminar sin nunca las manecillas detener. Llévame contigo al espacio donde todos los relojes estén descompuestos y no exista el tiempo. Ahí seré eterno.

Transmitir algo que sabes traes dentro y tienes necesidad de exteriorizar es un acto personal que requiere de entrega, sacrificio, disciplina, constancia, lucha, riesgo; pero, sobre todo, es un acto de mucha valentía. Arriésgalo todo en aras de materializar un sueno, una inclinación, una ilusión, una aventura, una meta, un cambio de vida, etc. Donde los resultados que se obtienen la mayoría de las veces no son los esperados y conducen a caminos de frustración y depresión. Solo si el temple es fuerte se continúa por las veredas trazadas, y solo el tiempo se encargará de juzgar lo realizado.

Girar la brújula en sentido opuesto donde, por costumbre, hábito ó comodidad, se ha caminado. Ese es mi caso pues, desde mi ninez, despertó en mi una gran emoción descubrir el efecto que provocaban en mi espíritu los colores que forman la escala cromática. Así mismo, el placer de amasar y jugar con barro y otros materiales a la mano, grabó en mi mente una ilusión que yo creía que con el tempo se borraría. Así fueron pasando los anos y como todo nino de mi época, quería ser ya adolescente para tener mi propia bicicleta. Después de esta etapa, quería una mujer que viviera conmigo la pasión que nos despertaba a ambos el amor y, por supuesto como resultado de lo anterior: los hijos. La vida parecía transcurrir en armonía, sin problemas; o sea, lo habitual y normal en un matrimonio típico. Pasado el tiempo a esa pasión oculta le dedicaba algunas horas para seguir manteniendo la vela encendida. Realizar esto, provocaba en mi interior emociones y sensaciones difíciles describir.

Así pues, de una serie de proyectos donde lo obtenido aseguraba la educación y la continuación habitual (sin excesos) de mi hogar, decidí estudiar la gran decisión shakesperiana: "To be or not to be" (hacerlo ó no hacerlo). Los anos estaban encima (42) y el tiempo pasaba volando. Así es que, para mediados del ¿84, dejé todo en aras de una ilusión. Los cuestionamientos de mis seres queridos no se hicieron esperar, y creo que sobraba razón para ello.

A mediados del ¿85 realizo mi primer exposición colectiva y, a partir de ahí, me veo envuelto en una escalera que no tiene principio ni fin, donde el tiempo transcurre rápido y las cosas que plasmar o esculpir son muchas. Hasta ahora no me arrepiento de nada y, ojalá, Dios me conceda la dicha de terminar mi vida viviendo esta pasión.

Los Artificios Expresivos de Jaime José

La iconografía del artista Jaime José (n. 1942), se nutre de fuentes diversas que van desde sus propias experiencias de vida anidadas en una memoria asociativa ¿y sin duda, involuntaria-, hasta una imaginación frondosa de la que brotan imágenes que se reiteran o se muestran en series con variantes diversas.

Hay, por lo demás, en su obra, una innegable raigambre popular. Por momentos, ese sentido de la imaginación colectiva se asocia también a la visión infantil. Pero sería un error creer que por ello el artista pertenece a la raza de los pintores ingenuos. En absoluto, Jaime José es muy consciente de los alcances de su obra, inevitablemente inscrita en un neobarroco americano de particulares significaciones.

Hay un sentido escenográfico en las pinturas de este artista que toma tanto elementos de la vida cotidiana como los que genera una deliberada artificiosidad. Es precisamente en esas construcciones imaginativas y artificiosas donde el artista pone de relieve una creatividad que lo identifica y distingue.

Signos y símbolos aparecen en su obra (la cruz es una constante estructural que se reitera en él a lo largo del tiempo). El destino humano está siempre presente en esas metáforas que actúan como máscaras de una visión simbólica de índole reflexiva, no carente de un sentido religioso de la existencia.

El color tiene un protagonismo particular en su pintura y se asocia a su concepción simbólica. En el mestizaje postmoderno de estilos y medios expresivos, hay varias huellas que se manifiestan; desde el surrealismo, siempre presente en la mayoría de los artistas mexicanos, hasta un expresionismo larvado que roza el realismo mágico y fantasmagórico.

Sin duda Jaime José ofrece con su obra un mundo a descubrir tras los artificios de su pintura emblemática.

Fermín Fevre
Buenos Aires, Argentina
Septiembre de 2000



La Mexicanidad de los Símbolos de Jaime José

La primera impresión que sentimos ante la pintura de Jaime José es la que nos produce el efecto de su llamativa ornamentalidad, que se nos impone por la vistosidad de su colorido intenso y contrastado, y por el dinamismo de sus formas, que se despliegan regularmente en la superficie ordenada de la obra.

A esta primera impresión formal, de pura visualidad inmediata y de ordenada agitación cromática de sus planos, le sucede, en un segundo momento, el necesario desciframiento de la significación de la obra, es decir: La lectura de su significación.

El hecho de que la significación aparezca en un segundo momento no es porque sea algo difícil, como un problema complejo a resolver. No hay que ser un experto en arte para poder entender la pintura de Jaime José, que no es hermética ni laberíntica, sino al contrario: Parece buscar una elocuencia clara y simple al alcance de todos.

Además, ese segundo momento en contacto con su obra es casi simultáneo con el primero porque, el mismo instante en que uno ve los colores y las formas, reconoce de inmediato que representan gente, frutas, objetos, etc. Pero luego, al interrogarse sobre lo que está viendo (lo cual, implica un segundo momento en la comunicación con la obra), asocia esos elementos y descubre las relaciones que se establecen entre ellos que, a veces, son deliberadamente ambigüas, intercambiables o ambivalentes, porque las cabezas humanas pueden parecer frutas emblemáticas, cruces, nichos; o las frutas se vuelven sombreros y, así, advertimos otros juegos identitarios o asociativos, generalmente metafóricos, los cuales, sumados a las decodificaciones subjetivas y la proyección afectiva de la interioridad de cada espectador, conforman la significación simbólica de la obra.

El contenido simbólico es fundamental en las pinturas de Jaime José. Es lo que determina el carácter de sus composiciones y la simplicidad estilizada y estereotipada de sus elementos figurativos que atenúan su individualidad peculiar para convertirse ¿casi- en signos visuales constantes.

Entre la simbología y la ornamentalidad se resuelven ciertos aspectos compositivos de la obra, como las repeticiones seriales y las modulares; en planos o en franjas periféricas, a veces repitiendo regularmente los mismos motivos o alternándolos y variándolos.

Los elementos constitutivos de las obras de Jaime José tienen dos maneras de relacionarse entre sí para integrarse en una composición coherente: Tienen, en primer lugar, esa relación simbólica aludida que determina la sintaxis que la organiza para que cumplan su función discursiva; y, tienen al mismo tiempo, una manera de insertarse o de inscribirse en una superficie pictórica cuya apariencia visual se estructura en un juego de planos y de formas armonizadas de acuerdo a un ordenamiento rítmico que es generalmente giratoria, centrípeto, simétrico, axial y semi-circular. El color es también un factor que actúa como amalgama integradora de las formas y como estímulo visual animador de la superficie.

Como efecto de la composición la obra se concentra en sí misma, retiene la mirada, la dirige en su lectura visual, y gravita hacia su eje central sin que predominen mucho unas partes sobre otras; manteniendo una distribución general equilibrada y bien compensada.

La pintura de Jaime José adquiere su máxima comunicatividad si se entienden y comparten los códigos de su mexicanidad, que es sustancia de su sensiblidad, su humor, su gusto, su idiosincrasia; y es lo que da sentido a su discurso simbólico. Pero no se requiere ser mexicano para sentir la mexicanidad de estas obras en las que palpitan los mismo deseos, angustias y suenos de todo ser humano.

Peran Erminy
Caracas, Venezuela
Agosto de 1996