Cecilia Paredes



 




Desde Platón, la tradición cultural occidental ha exaltado el alma y menospreciado el cuerpo, viendo en este último un simple continente de algo inapresnible para los sentidos. En este mismo orden de pensamientro el dogma cristiano ha visto el cuerpo como templo del alma, pero también como raíz del pecado, especialmente el femenino.

El trabajo fotográfico de la artista peruana Cecilia Paredes parece situarse en una posición radicalmente antagónica a lo planteado en estas dos opciones y constituye un intento de demostrar que el cuerpo de la mujer ¿ su propio cuerpo- es un territorio sagrado, no profano, de restaurar una percepción del mismo como si fuera un milagro den medio del actual caos tencinficado. Hablamos de un cuerpo concebido como espacio transitable que es, a la vez materia y espíritu; agente y receptáculo de ceremonias ancestrales e intercambios físicos con la naturaleza y que, partiendo del desarrollo mnemónico de la propia identidad permite ascender a una nueva vía de conocimiento. Cecilia Paredes nos sitúa ante la memoria corporal como un asiento de la cultura, y para ello se aparta de la victimización de la tradición judeocristiana y programa su evasión a través de la naturaleza, una naturaleza que se propone como extensión indivisible de sí misma.

La artista experimenta con su propio cuerpo y registra en soporte fotográfico fragmentos anatómicos que han sido objeto de acciones de carácter ritual, en las cuales lo sagrado y lo profano por una parte, y lo humano y lo animal por otra, se confunden hasta ser una misma cosa, tal y como sucede en muchos rituales de la mitología afro-caribeña, que ella conoce bien por lo años que ha vivido en Costa Rica. El cuerpo se revela como herramienta y espacio de signos, pero Cecilia Paredes marca distancias considerables respecto a lo que se conoce como Body Art, no sólo por evitar el despliegue de fluidos consustancial a este tipo de prácticas, sino porque posteriormente manipula las imágenes hasta lograr una perfecta suspensión espacio-temporal y una mayor evocación poética de las mismas.

Las fotografías nos muestran ¿acciones¿ que podrían estar situadas en un territorio intersticial entre el pensamiento y las emociones, pues los dos sentidos; el afectivo y el intelectual, conviven en perpetuo vaivén conformando un conjnto indeterminado, un espacio de ambigüedades que constituye precisamente uno de los mayores atractivos de cada imagen.

Asistimos en consecuencia a una valiente ceremonia de exhibicionismo místico cuya única ambición es transcender los límites del cuerpoen el propio acto de mostrarlo, hasta transformarlo en una suerte de sustancia espiritual. La vulnerabilidad de la identidad personal queda concretizada en aspectos como la constituye precisamente uno de los mayores atractivos de cada imagen.

Asistimos en consecuencia a una valiente ceremonia de exhibicionismo místico cuya única ambición es transcender los límites del cuerpo en el propio acto de mostrarlo, hasta transformarlo en una suerte de sustancia espiritual. La vulnerabilidad de la identidad personal queda concretizada en aspectos como la constante ocultación del rostro, las ¿amputaciones¿ simbólicas de miembros, la antropomorfización de la naturaleza y la asociación más o menos explícita entre el amor y la muerte; Eros y Thanatos como agentes de un ciclo eterno de la naturaleza que en algunas fotografías puede llegar a ser percibido como parte de un sueño.

Me parece oportuno en este sentido citar a José Lezama Lima el cual decía que ¿un sistema poético del mundo puede reemplazar a la religión, se constituye en religión (...)¿. Las imágenes creadas por Cecilia Paredes configuran, un nuevo sistema poético, es decir: ¿la más segura marcha hacia la religiosidad de un cuerpo que se restituye y se abandona a su misterio (...)¿

En otra orden de cosas debemos señalar que nos encontramos ante una o bra arraigada en la conexión entre cuerpo y experiencia, pero que quizá se revela como un canto del cisne ante las nuevas tecnologías que nos aventuran un futuro horizonte post-corporal. Paradójicamente, aunque cada una de las imágenes procede de un acto performativo en el que se ha producido una fusión ¿real¿ con la naturaleza, la artista sabe aprocechar al máximo las posibilidades que ofrece el retoque fotográfico digital a la hora de resolver de modo efectivo sus metamorfosis corpóreas. Si tenemos en cuenta que las ¿sensaciones virtuales¿ tienden a eliminar la frontera entre ¿lo real¿ y ¿lo real otro¿, intercambiándolos a menudo, podemos pensar que sus fotografías parecen destinadas a lograr la autonomía del cuerpo y de la experiencia y que dentro de unas décadas, tal vez, aparezca la experiencia como una entidad sin cuerpo.

Los procesos de metamorfosis que registran estas imágenes actúan como una frontera transitoria entre el pasado y el futuro, el pensamiento y la acción, el mito y la realidad, la naturaleza humana y la naturaleza animal, el espíritu y la carne, el rostro y la máscara, el arte y la vida... No es extraño en este sentido, que los fondos oscuros e impenetrables sean una referencia clave en muchas de sus creaciones fotográficas pues proporionan a esos ¿nuevos seres¿ un límite simbólico entre el pensamiento racional y la imagen galopante.

El trabajo de Cecilia Paredes parte en este sentido de una necesidad vital: su creencia de que la misión del artista es explorar mediante su obra zonas de la conciencia a las que no se puede acceder por ningún otro medio y de que el aspecto de nuestra identidad que más nos hemos esforzado por suprimir es precisamente nuestra naturaleza animal.

Si como piensan algunas tribus primitivas con cada foto nos apropiamos del alma el retratado, cada una de las fotografías en las que Cecilia transforma su cuerpo en pez, serpiente, zorrino o armadillo se convierte en una especia de homenaje al espíritu del animal, tal vez de una bendición o d eun acto de gratitud...


Javier Panera

Director del Centro de Fotografía
de la Universidad de Salamanca.