Milton Becerra

e-mail: milton@becerra.com

 




El venezolano Milton Becerra ocupa un lugar aparte en la historia del arte de América Latina, un continente donde la memoria de la cultura precolombina, de sus íconos y mitos, es un recurso omnipresente abordado a través de enfoques, visiones e interpelaciones muy diversas. La exposición presentada en París por el artista se caracteriza por una excelente curaduría (pese al limitado espacio disponible) y está compuesta de un gran número de trabajos: (26 objetos de pequeñas dimensiones, 4 dibujos de mediano y gran formato, 15 suspensiones (Gotas) y tres esculturas murales. Su coherencia artística y conceptual da testimonio de la armonía afectiva existente entre Milton Becerra y ese pasado lejano y reciente que ni la fría y gris intelectualidad de París ha podido alterar. Esta coherencia confirma también el precoz compromiso del artista en una vía poco consensual y su persistencia en una búsqueda donde el deseo artístico se confunde desde siempre con la proximidad participativa de sus orígenes.

Milton Becerra comparte su vida entre París y Venezuela y efectúa frecuentes viajes a la región amazónica. En el curso de sus travesías por el mundo, pues no se limitan al territorio americano, Milton escoge y recoge las piedras y objetos que utilizará en sus obras. Mediante agrupamientos y superposiciones, el artista crea nuevos íconos modernos, ídolos, amuletos o efigies, en su mayoría no antropomorfos, ligados tanto al sentido de un gesto físico (pulir, tocar, construir, hacer y deshacer) como a la herencia de un saber revivificado en donde toda veleidad de exotismo está ausente. Ya sea un rollo de monedas o una pequeña réplica en cera (de la pieza de Jeff Koons que se encuentra en la entrada del Museo Guggenheim de Bilbao), ídolos diminutos o fragmentos de cerámica precolombina, los objetos se reúnen para formar un todo con la ayuda de trozos de cuerda o cuero que los mantienen unidos. De estos encuentros, que no son fortuitos, nacen nuevos objetos. Becerra utiliza poco los materiales provenientes de la tecnología actual. Sus preferencias, que en más de veinte años han sufrido pocas variaciones, se concentran en la piedra, el barro cocido o crudo, la arena, las cuerdas, los cristales, las plumas y la cerámica precolombina, aparte de algunas breves incursiones simbólicas en las que utiliza billetes de banco, monedas, etc. La mano del hombre no descansa. La de Becerra, omnipresente y cargada de imaginación, interroga incansablemente su propia cultura, escrutando las identidades forjadas por el tiempo.

La obra de Becerra se sitúa en el punto neurálgico de un mestizaje cultural que actualmente es asociado a una especie de híbrido moderno, el cual refleja, por un lado, la naturaleza de las sociedades postcoloniales americanas y, por el otro, un fenómeno que el historiador francés Serge Gruzinsky llama idioma planetario, en su reciente ensayo que intenta definir el pensamiento mestizo. Así pues, para Becerra, la creación estética toma la forma de un pensamiento estético que transita por un mestizaje de formas e imágenes.

La obra de Becerra no es ni arcaica ni primitiva. Sus creaciones responden más bien a un objetivo en el que los conceptos de cultura, alteridad y modernidad se responden y se conjugan, en tanto que el artista permanece fiel a sus fuentes materiales y espirituales. La práctica y la repetición de ciertos gestos manuales, ligadas a los valores de tiempo y origen, forman la esencia de su trabajo. Luego del pulimento, el vocabulario estético y gestual de Becerra se enriquecerá con el trenzado, el anudado, la costura y el recortado, labores todas en las que construir y deshacer han ritmado y alimentado universalmente el acto creador y vital a través de los siglos. A diferencia del colombiano Nadín Ospina, que utiliza el arte precolombino en una parodia de mestizaje con la cultura globalizada de masas donde predominan imágenes norteamericanas como las de Mickey y los Simpson, para no citar más que éstas, Milton Becerra se sumerge nuevamente en su cultura como parte de un ritual o la práctica de un culto, así como antes lo hicieran los cubanos José Bedia y Ana Mendieta. Su propuesta no sólo busca renovar nuestra mirada sobre un pasado fundador y siempre vivo -aunque amenazado-, sino que nos incita también a reflexionar sobre una hibridación que sigue realizándose sin cesar, tanto en la construcción y des-construcción de las civilizaciones como en el pensamiento plástico y la creación artística.
Las quince suspensiones, que Becerra llama Gotas, dan testimonio del sentido de equilibrio ya presente en los pequeños conjuntos de la vitrina, mediante la tensión de las cuerdas y la textura de los hilos, lisos o rugosos. Esta especie de "nidos" son aplomados por "objetos" formados por conjuntos en donde la piedra reposa sobre un lecho de arena o piel, o sobre un "cojín" fabricado por el artista a base de groseros fragmentos de tela cosidos entre ellos. En estas obras no existe ningún color que no haya sido escogido por la naturaleza. Las "Gotas" vibran en su verticalidad mientras que, en los haces de líneas, se crea una especie de densidad musical que acompaña el efecto paradójico obtenido por la oposición entre peso y levedad, entre vacío y lleno.

Una gran serenidad emana de este conjunto coherente, en donde sopla y circula la realidad de una verdadera comunión del artista con los mundos que lo habitan. En Becerra, a diferencia de lo vivido por un gran número de pintores latinoamericanos residentes lejos de su país, el alejamiento no exacerba ningún sentimiento de identidad neo-nacional o peri-exótico facilista. Existe en él un sentido de lo minimalista acompañado de esa especie de pudor y moderación que lo llevan a conservar únicamente lo esencial de su experiencia personal, recreando con ella "cultos", "divinidades" o "rituales" en homenaje a una realidad en peligro.

La presencia de cuatro grandes dibujos en mina de plomo y crayones de cera instaura una nueva humanidad en la exposición. Milton Becerra se inspira en estatuillas de cerámica precolombina que dibuja en papeles de mediano y gran formato. Expuestos por primera vez, éstos dibujos muestran como, a través del recorte, el artista penetra en la estructura interna del cuerpo y lo des-estructura para luego recomponerlo en su geometría original. Es una labor igualmente lenta y minuciosa que se añade a las anteriores (pulir, anudar, trenzar o ensamblar), en donde recortar se convierte también en un acto ritual. Cada una de las tirillas de papel es elevada (algo parecido a lo que hace el brasileño A. L. Piza) y Becerra cose también ciertas partes sueltas del cuerpo, lo que acentúa el efecto de flotación, muy próximo al cinetismo. A medio camino entre dibujo y "escultura" por su carácter tridimensional, estos papeles, cuyo material de grafito es extendido, esfumado, borrado y amasado, revelan la mirada de inteligencia emocional que Milton Becerra dirige sobre un mundo que está vivo y perdido al mismo tiempo. La forma reconocida, redefinida y re-estructurada por el artista ha creado otro mundo donde el erotismo está presente a través de metáforas (piedras pulidas durante horas, conjuntos de formas "orgánicas", alternancias de llenos y vacíos, firmeza y suavidad), pero raramente explícito. Sin embargo, una obra separada del conjunto nos interpela: montado sobre un zócalo de vidrio translúcido donde circulan descargas eléctricas, un pequeño ídolo precolombino esculpido en piedra coloca delicadamente sus manos sobre sus senos y disfruta serenamente de un placer que nadie jamás podrá borrar.

Christine Frérot¿