Ramon Carulla



 




Por: Jorge de la Fuente

La obra de Ramón Carulla ha tenido una evolución singular: su vocación pictórica comienza por las formas abstractas. Es sabido que un pintor autodidacta, por lo general, se enfoca inicialmente hacia las formas visuales mas convencionales ¿edificios, paisajes, escenas costumbristas, rostros, etc- como un modo elemental de representación. Es la mimesis o imitación que Platón situaba en el origen mismo del arte. En el caso de este artista, sus primeros pasos en el arte están marcados por un inusitado interés en la apariencia formal de las superficies, en las sugerencias visuales productos del azar y en las evocaciones texturales de paredes y muros. En resumen, ha sido como un aprendizaje intuitivo sobre el valor semántico de la forma que luego cristalizara en una obra donde las búsquedas temáticas están acompañadas de un cuidadoso trabajo composicional y de una valoración expresiva de la materia pictórica.

A partir de los años ¿80 y en un proceso paulatino de acceso a la figuración, Carulla comienza a incorporar torsos, cuerpos y otros elementos referenciales que parecen salir de sus improvisaciones sobre el lienzo. Son sugerencias visuales que van tomando formas concretas. Comienza entonces una etapa caracterizada por un expresionismo de tono muy personal: el tomo que impone avanzar a tientas por un terreno muy codificado en la pintura moderna armado básicamente de la intuición y de la sensibilidad. Por ese camino, Carulla llega a encontrar un estilo propio de expresión en el que se aprecia un cálido mensaje humano, cargado de emotividad y de empatía.

De la etapa abstracta de este pintor se conserva un peculiar sentido de la planimetría y la impresión de que las figuras están superpuestas sobre el lienzo. Los fondos, por su parte, son generalmente neutros o muy simplificados de modo que ayuden a resaltar las figuras. Estos rasgos expresivos transmiten a las imágenes una sensación de levedad que aporta un tono lírico y muchas veces "Aniv." Al acabado de la obra. Y este es un elemento central en el expresionismo de Carulla: frente al desgarramiento y la alineación humanas reflejadas por los expresionistas más ortodoxos, este artista propone un acercamiento menos dramático al tema humano, muy condicionado por el tratamiento pictórico de las figuras y los temas. La soledad de sus personajes no es como la que revela E. Munich en su antológico cuadro El Grito o como la irónica y estremecedora imagen del hombre que encontramos en F. Bacon; la soledad de los personajes de Carulla no tiene el impacto ni la trascendencia mítica de una encrucijada existencial sin salido porque es la soledad cotidiana y nostálgica del emigrante. Y es la fuerza evocativa del recuerdo la que confiere un tono lírico a la falta de asideros humanos y a la carencia de espacios físicos y culturales de identidad que tipifican a los personajes de Carulla.

El arsenal de motivos pictórico de este artista esta permeado por la nostalgia y en ocasiones son recuerdos en un doble sentido: como presencia en la memoria y como objetos que ha ido guardando en sus viajes y en su vida diaria. El sofa familiar, la primera bicicleta, las sombrillas o el circo son temas recurrentes del mismo modo que los sellos, los anillos de tabaco, las servilletas y otros pequeños "recuerdos" de viajes se han incorporado físicamente a sus obras a través del uso del collage.




Entre los recuerdos de la niñez que han nutrido la obra de Carulla esta el circo que para cualquier niño cubano en las décadas del 40 y el 50 fue la iniciación en el mundo des espectáculo y de la ilusión. Quizás de este ámbito temático surge el sombrero de mago como el paradigma de un surrealismo criollo que luego se convierte en objeto de infinitas variaciones. Casi todas las figuras de Carulla llevan sombrero y un vestuario insólito para los soles del Caribe. De algún modo, la vestimenta y los sombreros de estos personajes son un signo exterior de su extemporaneidad, de la intención del artista de colocarlos desde el inicio en el plano de la ficción. Con un diseño básico, estas figuras de perfil aparecen unas frente a otras, ensimismadas en su soledad interior. Es la incomunicación representada a través de potenciales interlocutores; allí están, unos frente a otros, pero incapaces de un contacto humano; el hieratismo y la ausencia de gestos los delata. En ocasiones, el artista utiliza medios indirectos APRA establecer un "dialogo" entre los personajes: En Los Magos el contacto lo establece a través de símbolos recurrentes: el pequeño paraguas y un barco en miniatura que cita el tema de su serie El juego de la vida. Otra pieza en donde un objeto ¿ en este caso un pez- incorpora el mensaje es Si me pides el pesaco te lo doy en la que contrasta la solemnidad de la escena con el tipo de ofrecimiento. Aquí el artista representa de manera literal una frase común del argot cubano que implica un ofrecimiento sexual. Desde mi punto de vista, la forma en que Carulla elabora los significados es de una gran espontaneidad y eso le confiere a las obras un peculiar encanto. Es lo que ocurre en una obra como El Soñador donde el desapego a la realidad propio de este concepto esta representado por dos elementos muy codificados en la cultura popular: estar suspendido en el aire, no tener los pies en la tierra y las mascaras sucesivas que denotan el cambio de identidad tan común en los sueños.

En el tratamiento de estos personajes no he encontrado el lado sombrío ni mucho menos irónico que algunos críticos le han señalado. A mi modo de ver, hay siempre algo de conmiseración en el diseño de las figuras, una dosis de ingenuidad que nunca es agresiva, al margen de que el tema sea la soledad o la incomunicación. En todo caso, en la mayoría de las escenas y en los temas encontramos, de manera mas o menos sutil, un humor contenido y un cierto sentido de farsa. Este juego libre con la fantasía introduce elementos surrealistas, imágenes sacadas de la memoria y encuentros insospechados como es la insólita escena de viajeros a bordo de un bote que con sus trajes estrafalarios y sus caprichosos sombreros parecen sacados de un circo o de un puesto en escena de teatro medieval. La figura central, encima de su caballito de juguete y con su inefable paraguas, tiene todas las trazas de ser el propio artista montado en sus recuerdos. Nada es más dramático para el ser humano que el éxodo, que la partida obligatoria del lugar donde descansan sus muertos. Pero Carulla, que ha querido titular la obra comentada El Juego de la Vida II percibe la partida a través del desenfado de sus personajes que como la vida misma tienen bastante de tragicómicos.

La obra pictórica de Carulla ha ido ganando en colorido y en el énfasis que pone en los empastes y las texturas. Por otra parte, en sus dibujos recientes sobre papel se percibe un interés renovado en las texturas del soporte y en el uso expresivo de la línea. Sus registros de soledades forman parte también de las vivencias y de la percepción del mundo del cubano de hoy, inmerso en lo que él mismo Carulla ha denominado "...la difícil búsqueda de la libertad interior."