Amparo Garzon

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ADRIANA HERRERA
Especial/El Nuevo Herald
En Timeo, Platón sostiene que la geometría es la fuente de todas las formas del universo y que la composición de los elementos obedece a principios de organización espacial geométricos: identifica agua e icosaedro, aire y octaedro, y atribuye al planeta la forma de la esfera, pues ésta contiene todos los cuerpos y posee la mayor dimensión de volumen en el mínimo de área. Hoy la ciencia nos revela que el agua es un cristal, la Tierra una esfera que se desplaza en elipses por el cosmos, y registra las invisibles estructuras geométricas de los átomos. Hemos vislumbrado la formación de bellísimas composiciones existentes en cualquier cristal de sal o de berilio y --una vez cristalizado el DNA-- nos acercamos a la deslumbrante estructura geométrica de la vida. Ese conocimiento es esencial para comprender lo que la colombiana Amparo Garzón recrea en su obra.
Cada paso en su sendero por el arte la conducía, sin que ella lo supiera con la claridad de hoy, a la esencia de la ''geometría sagrada'' que está presente en todos los elementos de sus cuadros con la intención de comunicar un nexo subyacente a todo lo creado. Garzón compone cada pintura sobre retículas que manejan la antiquísima proporción áurea y el número Pi, distribuyéndolos en distintos planos --planos detrás de planos-- que admiten diversas líneas de horizonte y, como quien coloca objetos precisos sobre un altar, elige los objetos cargados de simbolismo --árboles, jarras, lápices de colores, borradores infantiles, dulces, aviones de papel, carritos de juguete, ruedas, cartas, cajones de madera-- con los que ha construido un lenguaje que habla al inconsciente. Sus pinturas son visiones que despiertan en el espectador el recuerdo, más que de su infancia, del niño interior: un estado en el que todas las cosas están conectadas y es posible transitar con tanta ligereza las fronteras entre fantasía y realidad que la intensidad de los deseos basta para precipitar las formas. Sólo así se explica un cuadro como Sueños de posesión, donde la casa se atrae desde un plano superior hacia la tierra.
En su propia travesía, Garzón estudió primero física pura y matemáticas, pero en octavo semestre, cuando cada vez la retenía más el espacio de la facultad de artes, donde los estudiantes pintaban, decidió cambiar de carrera. Ese conocimiento inicial del mundo físico y de las ciencias formales es fundamental en su trabajo artístico. Antes de llegar a su propio lenguaje, su viaje personal incluyó temporadas de trabajo como escenógrafa de ópera y teatro experimental, una exploración por el arte abstracto, fascinación por el informalismo y un cierto culto al trabajo de Antoni Tapies, e incluso, el estudio de la pintura de caballete y de museografía en España.
Fue en Europa, y particularmente en el museo del realismo mágico de Basilea, donde descubrió, gracias a la obra de artistas como Karl Korab, un lenguaje capaz de mostrar la presencia de lo mágico en la realidad, y de revelar, no tanto las creaciones mentales del inconsciente --al modo de los surrealistas-- como el fascinante orden del universo que late bajo la superficie del caos.
Para trasmitir en tela su mundo interior, Garzón aprendió a explorar las sensaciones que pueden generarse a partir del color después de haber atravesado su propia oscuridad, en un descenso que la llevó a pintar una serie llamada Las tentaciones de San Antonio, en la que prescindió --como en una ascesis-- del color, y exploró las angustias de la culpa y de la autoflagelación. Una obra como La víctima, con una sandía o patilla --emblema de la pintura caribeña y de lo femenino en su obra-- atravesada por clavos, es el vestigio de ese territorio ya cruzado.
Amparo despliega su consistente simbología personal en el marco del realismo mágico. Cada objeto se inserta en un código de representación antiguo y ocupa un punto en el universo del cuadro que no obedece al azar. Los colores guardan relación con los elementos: el azul con el agua, los tonos rojizos y oscuros con la tierra, y las formas reales se asocian a tradiciones incorporadas al imaginario colectivo. Los árboles, por ejemplo, han sido siempre ejes de conexión entre el inframundo, la tierra y el cielo. Ella los pinta llenos de pequeños regalos empacados en papel en lugar de frutos, y conjuga su iconografía con títulos poéticos que completan ese efecto de ''otra contemplación'' que produce su obra: Arbol del bien y del bien. Los detalles son exactos: son cintas y no lazos ni cadenas las que enlazan --no atan-- los objetos que penden y, al modo de un Magritte o de Marx Ernst, retoma las esferas y ciertas formas ingrávidas como aspiración a la cualidad de lo leve.
Sus esculturas en bronce son, sin lugar a duda, la mejor expresión de la geometría sagrada de su obra; porque hacen saltar a la tercera dimensión la precisa simbología de su lenguaje. Una esfera ovoide alada, en tonos verdeazules, y montada sobre estructuras de hierro, forma el Guerrero victorioso y las jarras, a través de las cuales expresa los diálogos femeninos --por su carácter de proveedoras, por ser las formas hechas para verter su contenido-- cobran fuerza al saltar del plano de la pintura al volumen.
Ahora, cuando conoce las implicaciones metafísicas del manejo del espacio, cada vez que cuelga una exposición, distribuye sus cuadros de tal modo que indica direcciones de tránsito para la observación, como una puesta en escena de esa composición final del conjunto de su obra que consiste en el acto de propiciar en el espectador una dirección determinada de movimiento para verla. Ella planea, por ejemplo, cómo lograr que a lo largo del trayecto de contemplación de la obra --dispuesta sugiriendo un recorrido en sentido contrario a las manecillas del reloj-- se desencadene un estado de armonía, una forma de meditación que obedece al efecto que produce en la mente y en el cuerpo la geometría sagrada de su arte.
En su última etapa de ese viaje artístico que Garzón elige como un ascenso hacia ''la dicha interior'', ha hecho una pausa en su pintura para profundizar en el estudio de formas laberínticas y en la estructura de altares y ha proyectado su obra a un nuevo plano: las ruedas y los juguetes de sus cuadros diseñados con las proporciones de la geometría sagrada se convertirán en esculturas interactivas para parques infantiles.
La primera serie, instalada en una disposición lineal similar a la de algunos cuadros suyos, con el fin de llevar a los niños a un estado de gozo y armonización, se construye en Guayaquil, ciudad en donde este año realizará una retrospectiva de su obra en el Palacio de las Artes. Esta idea de llenar los parques con esculturas para jugar, para ser palpadas y atravesadas, le hace sentir que ha llegado a una etapa donde ella, como artista, puede depositar sus universos invisibles en espacios concretos y propiciar el encantamiento común de la realidad.

Rene Magritte es uno de sus maximos exponente;el termino ''Realismo Magico'' se uso por primera vez por el critico aleman Franz Roh en 1925 . los trabajos se caracterizan por un meticuloso presicismo de la forma, ambiguas perspectivas y yuxtaposiciones. Ha ejercido influencias en el arte Neo-dada, Pop art super realismo y es una de las bases para los artistas que trabajan en lo que se empieza a llamar ''Art Healing''

Amparo Garzón