Raúl Díaz



 




Por Fermín Fèvre
(Buenos Aires)
Si bien la obra de Raúl Díaz adquiere personalidad e identidad a lo largo de su realización en la década del '90, puede decirse que es en los '80 cuando se origina. Al dejar su carrera universitaria próximo a recibirse de arquitecto, la opción por el arte constituye un hecho transformador en su vida. Es una revolución copernicana en la cual se dan cita tanto los saberes teóricos y prácticos adquiridos de la arquitectura como las tendencias hacia el dibujo y la pintura puestas de manifiesto desde niño como una vocación natural.

La contemporaneidad pictórica crea, a su vez, un marco propicio por las afinidades evidentes con algunos artistas de Córdoba, de la Argentina y de Europa, en particular de la transvanguardia italiana. Se trata de una mirada compartida sobre la realidad. Un desencanto generalizado, que en nuestro país tiene mucho que ver con el proceso político; una pérdida de fe en los absolutismos ideológicos; una voluntad intuída de ahondar en el mundo interior y en el sedimento del pasado en la memoria, se suman en ese recuento.

Estos aspectos convocantes, motivan a Raúl Díaz tras una búsqueda inicial en la cual los acentos estaban puestos en la realidad social más inmediata.
Librado más decididamente a sus impulsos expresivos, desencadenantes de su imaginario, nuestro artista desarrolla una personalidad intensa y sin duda apasionada- que lo lleva a sorprendentes descubrimientos. Se revela a sí mismo y traslada a su obra una ientidad que encuentra el medio adecuado para alcanzar su destino. Ha nacido un artista.

Su actividad en la década transcurrida ha sido provechosa. Prueba de ello la dan los varios centenares de obras realizadas, la acogida que han tenido en la Argentina, los E.E.U.U. y algunos países europeos; las opiniones favorables de los críticos y el interés despertado en numerosos y calificados coleccionistas. En sólo diez años, la obra plástica de Raúl Díaz logró alcanzar un respetable consenso.

Al haber adquirido una identidad que la define, nos hallamoa ante la presencia de un pensamiento estético que ha madurado a la luz de su propia creatividad. En Díaz hay una voluntad expresiva que se manifiesta en sus pinturas, objetos escultóricos y dibujos. Es poseedor de un mundo y de un lenguaje que es, pensamiento.

Para la crítica, ese núcleo expresivo del artista siempre es inexpugnable y sólo logra acercarse a su derredor sabiendo que nunca podrá traducir y menos aún, trasladar un lenguaje a otro. Las obras plásticas se manifiestan por sí mismas y su condición polisémica las lleva a una pluralidad necesaria e inevitable de interpretaciones y visiones.

Hay, sin embargo, una valoración posible, que tiene que ver más con el sentido que con el significado; más con la capacidad expresiva del artista para exponer su mundo que con los contenidos que lo configuran. Y en ese aspecto, el lenguaje plástico de Raúl Díaz es muy rico y amplio. Con ello favorece el sentido de su polisemia ya que la abre a los horizontes más diversos.

Sabemos que todo artista es un intuitivo. Intuir, que viene del latín, (intueri) significa ver, observar, examinar; percibir de manera inmediata y directa un objeto. Es un conocimiento por simpatía, que llega hasta la intimidad del ser. Es uno de los grandes temas del filósofo francés Henri Bergson (l859-l94l) quien consideraba que la filosofía estaba más cerca del arte que de la ciencia y que estaban unidas por la intuición, "que es la base común de ambos".

Oponía así al pensamiento conceptual de las ciencias, el lenguaje lleno de metáforas y analogías propio de la poesía.

El conocimiento por simpatía, que va al centro del objeto, sin mediaciones de ninguna índole, constituía para este gran filósofo de la primera mitad del siglo veinte, un conocimiento absoluto, entendiendo que la simpatía es el medio por el cual "nos transportamos al interior de un objeto, para coincidir con lo que tiene de único y por consiguiente, de inexpresable".

Es este conocimiento intuitivo el que da lugar al "pensamiento poético" propio del arte, que tanto valorara Heidegger; por lo cual hace suya la sentencia poética de Hölderlin acerca de que "los poetas echan los fundamentos de lo permanente".

En Raúl Díaz hallamos que sus intuiciones, configuradoras de su pensamiento poético, provienen de una doble vertiente. Por una parte, se refieren a percepciones actuales que tienen que ver con la memoria involuntaria que establece asociaciones entre el hoy y el ayer y rescata vivencias anidadas a lo largo de la existencia que; por otra parte, constituyen paradigmas esenciales de lo humano. Es por eso que su obra transita entre un tiempo contemporáneo y actual y la atemporalidad de las esencias. Lo que tiene que ver con el existir y aquello que atañe al ser; entendiendo, en todo caso que, si bien son diferenciales, ambos coinciden.

Estos dos tiempos conviven en la obra de este artista, aunando las percepciones del ser atemporal y del existir actual. Ambos, al ser, al mismo tiempo, contemporáneos establecen una unidad conceptual: las vivencias de hoy se inscriben en un orden que las trasciende.

Este hecho determinante en Díaz lo lleva a desarrollar imágenes que son de naturaleza simbólica. Aluden poéticamente; a veces de una manera más bien metafórica, a sentimientos, creencias y valores; vale decir, a la ausencia de lo intuído.

Para llevar a cabo esta empresa, Raúl Díaz se vale de proposiciones binarias. Prácticamente no concibe un espacio pictórico sin la representación de la figura humana. La encontramos en casi todas sus obras. En general se trata de uno o más hombres colocados, a veces de espaldas al contemplador. Son,generalmente, figuras aplanadas, sin volúmen y en algunos casos están acompañadas por la presencia emblemática de un caballo. En otras obras aparece la pareja humana hombre-mujer, con similares características.

Su presencia tiene que ver con la estructuración arquitectónica de los espacios imaginarios. Poseen una fuerte carga psicológica y la figura humana tanto recibe ese impacto ambiental como contribuye a crearlo.
Sin embargo, no obstante esta situación determinante de la figuración representativa en muchas de suspinturas tiende a la abstracción. Esos espacios creados se vuelven casi abstractos; aunque, a veces incluyen alguna referencia proveniente de un espacio real (el mar, la naturaleza, una flor...). Mantienen igualmente su carácter sensible en una atmósfera de inasibilidad que, en algunos casos actúa como un velo distante.

En otras de sus pinturas el espacio es, más bien, escenográfico. Hay que recordar que este el espacio característico de buena parte de la pintura emergente en los años '80. Las figuras suelen aparecer en él en formas empequeñecidas, fuera de escala.

En algunos artistas de su generación, estas composiciones, que en muchos casos establecían un vínculo evidente con la arquitectura, traducían una visión nihilista y desencantada. Este no es el propósito de Díaz. Más bien su intención se encuentra en presentarse como una variante más de sus propósitos antedichos.

Esos climas, lúdicos y agónicos a la vez (al decir de Osvaldo Pol) tienen que ver con cierto sentido onírico que aparece transparentando a la memoria. Es que el mundo del inconsciente se pone de manifiesto, a veces con ciertas variantes y reiteraciones temáticas y la recurrencia de algunos íconos como el hombre en la barca, el caballo estático, las figuras humanas de perfil, y/o reclinadas, las mesas, el barrilete, las plantas y flores recortadas del paisaje natural y trasladadas a un ámbito innatural, etc..

En esos climas fríosy distantes, aunque sensibles, que son la resultante de un proceso reflexivo, hay una elaboración muy sustancial del color. Díaz crea unas texturas muy propias, particularmente cuando utiliza a la tabla de madera o a sus sucedáneos como soporte. Para ello se vale de materias de diversa índole: pigmentos, yeso, acrílicos, espesantes industriales, tiza, carbonato de calcio, medios acuosos, cola, barniz, etc. en una alquimia que modifica según las circunstancias. Con buriles o disntintos tipos de sierras eléctricas realiza, generalmente, incisiones en la superficie ya texturada de la madera, logrando una nueva textura que rompe con el plano neutro y le da movilidad.

Logra así un color esponjoso y volátil en una amplia gama de ocres, grises y azules o en rojos vibrantes. A veces, el color se difumina, como esparciéndose con un sentido atmosférico. Este virtuosismo cromático produce múltiples sensaciones visuales que penetran en la afectividad del contemplador. Un cromatismo apastelado; una pasión distanciada. Hay que recordar que el mundo de la imagen, siempre nos remite a la ausencia (se trata de imagen de algo que no está), Se dirige al mundo sensible de los afectos y el color es, en ese sentido un vehiculo de singular eficacia. Díaz lo emplea desde la intuición y desde la reflexión, vale decir, dentro de una perspectiva binaria más.

Frisos y dameros nos dan una idea del sentido mural de las pinturas. Son como frescos de una arqueología imaginada. Reinstalan lo mítico, con sus narraciones fabulosas e insondables. Ya Platón había reconocido en su hora que el sustento del mito está en su aspecto incomprobable e inverídico.

Esta recurrencia de lo mítico tiene que ver, a su vez, con su carácter ambi-valente en cuanto a las significaciones. Estamos en la zona de lo misterioso e insondable. De ahí esa visión evanescente, que como tras un velo crean las atmósferas de las pinturas de este artista. Hay una gran carga de nostalgia en esas imágenes. Proviene, sin duda, de la memoria; de las vivencias que han quedado guardadas en ella y que reaparecen actualizadas y jerarquizadas ante las incitaciones del presente. Carl Jung sostenía que era imposible, para el hombre, vivir sin el mito y sin la historia, sin producir una mutilación. Por lo demás, entre sus disidencias con Freud estaba el hecho de considerar que el inconsciente debía permanecer siempre como tal, sin tratar de llevarlo al plano de lo consciente; evitando así racionalizarlo. ¿ Será excesivo decir que Raúl Díaz pinta con el inconsciente ?

La visión que la pintura de este artista nos ofrece transita por la mbigüedad, por lo impreciso y apenas intuído. Por eso el dibujo nunca es cerrado y los límites entre las formas se pierden en el espacio creado.

Todo está sugerido, entredicho, sin alusiones evidentes; entendiéndose, que lo obvio es ajeno al arte. El ámbito plástico no responde a una determinante realista; aunque sí lo es como representación icónica, y por lo tanto, simbólica. Los símbolos se corresponden con valores y a creencias de fuerte raigambre afectiva. Forman parte de una internalización profunda, que hace a la identidad.

Hay cierta distancia crítica en las imágenes que crea Díaz, tal vez deliberada, a fin de atenuar las distancias y atemperar a la pasión; ingrediente fundamental, según Ernst Gombrich, para crear una obra de arte.

Las barcas, con sus formas cóncavas, que hallamos reiteradas con la figura humana o sin ella, nos hablan metafóricamente del viaje y de la deriva; dos situaciones existenciales que desde los tiempos homéricos han sido tratadas poéticamente. No dejan de referirse a un sentimiento que experimentamos hoy en día, ante la precariedad de la existencia.

Por su parte, el mundo natural, en el que conviven hombres, animales, vegetales y objetos diversos está como congelado; llevado a un ámbito innatural, manifiestamente estático y artificial. Esto hace que esté despojado de toda temporalidad y situado en un espacio virtual, puramente
imaginario.

Díaz mediatiza sus vivencias gracias a sus obras plásticas, tanto sus pinturas como sus piezas escultóricas. No deja, por ello, de ser autobiográfico, pero es su distancia expresiva la que permite hacerlas
universales, transfiriéndolas al espectador.

Este artista se ha mantenido alejado del fragor vanguardista y de sus situaciones efímeras e inestables. Ha desarrollado su obra en soledaad, sin integrar un grupo en particular y sin adherir a las modas estéticas de su tiempo.

Del sentido innovador en el arte, que aparece como un canon artístico propio del siglo veinte, ha tomado un afán de investigación que está presente en él como actitud y en su obra como exponente constante.
Investigación en los materiales y en los medios expresivos; investigación en la creación imaginativa y en sus fuentes inconscientes y conscientes, investigación conceptual, en sus actitudes reflexivas.

En el ejercicio de una libertad creadora, abierta, sin atavismos, ni prejuicios, hallamos la vía más genuina de este artista para garantizar una realización de gran alcance.

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FERMIN FÈVRE es crítico y teórico de arte. Ha sido Director del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires (l989/90) y Director del Fondo Nacional de las Artes (l992-2000). Es profesor universitario, jurado internacional y autor de 47 libros y capítulos de libros editados en Buenos Aires, París, Bogotá, Madrid y México. Es curador de exposiciones en su país y en el exterior. Es Miembro de Número de la Academia Nacional de Periodismo. En la actualidad dirige el períodico ARTE AL DÍA.