Luis Gonzalez Palma



 




Luis González Palma o El dolor de la mirada. Santiago B. Olmo

La mirada es tanto un descubrir el mundo, como un mostrarse a los otros. En los ojos aflora el interior en forma de expresión. Por eso el retrato contiene la sicología y el alma, que encierra el cuerpo, por eso se convierte en el modelo de los símbolos. La mirada es un lugar de expresión, pero siempre es una expresión silenciosa. Luis González Palma ha modelado su propia mirada a través de la mirada de sus personajes, porque con ellos comparte una conciencia y una sensibilidad basadas en el silencio, en el temor y en el dolor del cuerpo de las formas, que son precisamente los lugares donde confluyen las historias personales con las tradiciones de una cultura de la exclusión que ha caracterizado a Guatemala desde la Conquista y hoy aún permanece irresuelta, enredada en la posguerra breve de una guerra (más sucia que limpia - nunca la guerra es limpia) tan larga que ha durado más de treinta años.
En su obra, al abordar cuestiones perceptivas y sicológicas focalizadas en la mirada, como son el silencio, la dificultad de la expresión, el dolor o los símbolos de la representación y su trasgresión, resume y compendia (casi sin pretenderlo ni buscarlo) la tragedia - silenciosa - de la historia de Guatemala a través de una experiencia personal con los modelos simbólicos de la belleza y de la exclusión.
El pasado y la historia se funden con el presente a través de la alegoría, de la fabulación y la ficción, que en forma de palimpsesto permanentemente renovado formula la pregunta no tanto por identidad, sino aquella que propone el drama de la escisión, y supone la des-identificación.
Mirar para descubrir y explorar fusiones y desgarros; mirar para mostrar la imposibilidad de expresar lo que se ve. El silencio de la mirada (así titulaba unos de sus libros) es una manera de describir la parálisis del entendimiento y de la razón, indagar en el absurdo (no de los monstruos de Goya) sino de la sensibilidad sucesivamente estimulada y luego cercenada o castigada. Luis González Palma habla de una veladura emocional para referirse al carácter del pensamiento guatemalteco y de mirada velada la manera gestual que adoptan los ojos de la gente para descubrir el mundo y mostrarse a sí mismos a los otros. El peso del pasado es lo que vela y esconde a través de la culpa. Sus imágenes a menudo se transforman en un medio que dota de mirada a quienes le fue arrebatada no solo la historia, sino también la existencia: aquellos que no son portadores de una mirada que muestre y descubra, quedan excluidos de la propia historia. En los ojos tan transparentes de los personajes de sus imágenes se recupera la mirada a través de una reinterpretación simbólica de la historia, de las alegorías y de las metáforas, de los relatos y las palabras que los ojos son capaces de formular.
Las miradas de González Palma no se detienen sobre la imagen exótica del indígena, no pretenden establecer las condiciones de una arcadia perdida inexistente, valoran la entidad de figuras vacías, figuras que han sido vaciadas de entidad y de dignidad por la historia, sopesan el valor de reestablecer otras formas de miradas como un antídoto de la frustración que provoca el dolor: la mirada convierte en sujetos, y todos ellos miran y observan, mientras se muestran. Restauración de una mirada, reconstrucción de un sujeto para la historia desde los símbolos que el tiempo ha acumulado en estratos de palabras, formas y narraciones.
El tono barroco de sus imágenes es un punto de partida, un lenguaje de lo simbólico y la alegoría. El barroco representa la tradición teatral donde cabe la fábula, los relatos entrelazados permiten las dobles lecturas, pero sobre todo poder mirar de un modo más libre y más pleno. El barroco es el lenguaje que permite la fusión y el exceso, en una escenificación donde la metáfora se libera con el ingenio y la fantasía, para que luego sus fragmentos sean aplastados por el peso de lo inmenso. Los contrarios se juntan para separarse y proyectarse hacia una idea de infinitud "limitada".
Los símbolos son una clave que construye modelos. Desde la trasgresión de esos modelos la historia traza otra semblanza en la que cabe, desde la conciencia del dolor, abrigar la esperanza de una nueva dignidad. La poesía de Francisco Nájera (amigo e interlocutor) expresa una coincidente detención, parálisis del gesto y de la expresión que se transforma en dolor en "una realidad siempre carente, una experiencia siempre ausente". Nájera habla en sus versos de prosa de una estética de la carencia, de un silencio que se extiende voraz como una disolución a la que se aspira, de la ausencia, de la soledad. Pero tanto sus palabras como las imágenes de González Palma tienden a hacer un puente de expiación y reconstrucción que dote de nuevos sentidos a la mirada.
Siempre está presente el tacto. Pero como un deseo de lo prohibido, como el espectáculo de lo que está vedado para las manos y los cuerpos: en las telas y damascos que conforman algunos de los dípticos; en las páginas de los libros - antiguos - que se superponen a los rostros; en las pieles o en los brocados que las recubren... el tacto es como una tentación. Se ofrece a los ojos y se niega el cuerpo, es ese el castigo que se aplica a la percepción. No hay una idea de sensualidad, pues su simulacro a través del espejismo (prohibido) del tacto, no implica carnalidad. Solo a la mirada le está reservado el tacto: quizás por eso la mirada penetra solo a partir del destello efímero de la expresión interior. Quizás por eso es tan evidente el dolor. Miradas dolientes y miradas que expresan el desamparo. No hay drama porque la tragedia se esconde en ese interior que aflora solo levemente, a través del símbolo y de la alegoría - tan profundamente barroca- que sustenta al relato silencioso, levemente mudo. Son también miradas nuevas, despojadas del exotismo, liberadas de tener que responder fielmente al estereotipo de la mirada sancionadora de los otros: miradas conscientes de su dolor y del peso injusto de una historia. Esa nueva mirada asume el lenguaje de sus propias formas como una afirmación poética, como el principio de la reconstrucción de su propia existencia en la figura de un sujeto.