Ofill Echevarria



 




Debuto como miembro del grupo y acción y performance Arte Calle, por el ano de 1988. Siendo todavía estudiante de San Alejandro-aun academia de caballete-, marco una pauta de radicalismo poco común en el entorno esteticista - plagado de paradigmas modernos-de la plástica cubana de esos anos.


Su obra personal, iniciativa, ya consistía en acciones-shows-donde la gestualidad, la mascara androgina, el techo-rock, los textos crípticos, las citas `bajas´ y las connotaciones de disidencia cultural conformaban un discurso aleatorio y experimental, sin precedentes en el refinado panorama de los ochenta. El espasmo que producía su obra no solo provenía del arsenal emotivo de una generación X aun sin acuse de recibo en Cuba, sino de un programa de trasgresión afín a los grupos de rock freakies habaneros, que por entonces tocaban en la clandestinidad. Solo la obra y la actitud de un utópico como Arturo Cuenca (Holguín, 1955) podían servir de antecedentes a aquellos excesos postmodernos. Hace unos anos Ofill comenzó una investigación basada en los registros de una nueva sensibilidad post-industrial. Una visualidad creada por las extensiones ópticas del mundo virtual y por un tipo de articulación lógica y estructural propia de las tecnologías de sistema. Su modo de encarar la tradición pictórica, incluso moderna, consistía en considerarle como un arsenal icónico más.


Fragmento para exposición El autor intelectual de La Gioconda, Galería Nina Menocal, Julio1997

Osvaldo Sánchez


Escapar de la ciudad, escapar del futuro


Existe esa vieja historia del hombre que abandona la ciudad a causa del ruido y luego regresa porque el silencio del campo le impide conciliar el sueno. Y también ese relato de O. Henry acerca de un granjero que va por primera vez a la ciudad, a ejecutar una venganza, y tan confundido y temeroso se siente que cuando encuentra a su enemigo no puede hacer otra cosa que abrazarlo. Y la conocida viñeta de Baudelaire donde un poeta prefiere dejar abandonada en el fango su aureola de artista supremo antes que ser atropellado por un coche.


Tachar la ciudad con símbolo de lo vertiginoso, lo caótico y lo asfixiante no es, obviamente, un fenómeno exclusivo de la contemporaneidad, ni tampoco tiene su origen en la modernidad decimonónica; sin embargo haberlo olvidad parece formar parte del irónico continuum de las transformaciones urbanas: desde nuestras megalópolis, aquellas primeras ciudades modernas se subliman tan idílicas como lo ha sido siempre la vida rural en contraste con el aquí y ahora de la urbe. Tal vez, la ironía mas palpable sea esa cierta burla contemporánea que replica, con los mega-centros comerciales, con los edificios de oficinas o con las zonas de ocio, espacios tan similares que no solo es factible razonarlos como anodinos, sino también como una muy calculada reapropiación-en otros ámbitos y con propósitos muy distintos-de los aparentemente descontinuados códigos del movimiento moderno. Espacios y comportamientos promovidos como expresiones de futuro para un supuesto ciudadano global, y que parecen alcanzar la categoría e ideales cuando se corresponden con los territorios donde se albergan, se venden y conviven las expectativas de un solvente futuro financiero, y donde el personaje del ejecutivo que alimenta a las grandes corporaciones viene a resultar el equivalente de moda de ese éxito profesional que, apenas medio siglo antes, aun aparecía resumido en las figuras del medico y del abogado.

Discernir alineación en los símbolos con que se construye este imaginario del éxito es apenas uno de los muy asentados filos con los cuales Ofill Echeverria ha comenzado a diseccionar no solo la complejidad de los procesos urbanos contemporáneos, sino también esa acritica complicidad con la que se asume el ser educado para aquello que supuestamente la sociedad exige y no para un consistente desarrollo cultural. CITY Escapes es tanto un cuestionamiento sobre el paisaje urbano-visible u oculto-como la diaria agonía entre su aceptación y su rechazo; agonía que, como el bilingüismo de los títulos sugiere, parece diseminarse por igual en regiones y en culturas distantes, o agudizarse en territorios comunes de migración. Advertir y sintetizar estos puntos nodales hace de la obra de Ofill Echeverria más que una minuciosa crónica urbana, un relato cultural mayor. Hay una sólida distancia reflexiva, pero también un desencantamiento de su propio cansancio y de su propia angustia ante una ciudad-o unas ciudades-de las cuales lo único verdaderamente aprehensible es un presente no menos incierto que el futuro que proponen.



Emilio Garcia Montiel

Escritor y Critico de Arte, recibió su doctorado en Historia de la Arquitectura de la Universidad de Tokio y es especialista en la cultura moderna de las ciudades japonesas. Entre sus trabajos publicados están los ensayos "Muerte y resurrección de Tokio" (El Colegio de Mexico, 1998) y una colección de poesía "El Encanto perdido de la Fidelidad" (Premio Critico Cubano, 1992). Actualmente mantiene el cargo de profesor/investigador en la Universidad Cristóbal Colon en la ciudad de Veracruz.