Gustavo Acosta



 




Penetrar, puede ser la palabra más acertada para describir lo que provoca la obra de Acosta. A pesar de la desolación que transmite, al situarse frente a ella, uno siente la necesidad de entrar en sus espacios. Las piezas están cargadas de una fuerte simbología, y en ocasiones recurren a situaciones análogas que ofrecen una pluralidad de lecturas. La presencia recurrente de cipreses en los cuadros del artista, provoca varios pensamientos: nos produce la sensación de estar ante algo desconocido, de no saber si realmente nos habla de la vida o de la muerte, y hace latente la dualidad entre ambas. Enfrentarse a su obra, es enfrentarse un poco con uno mismo pues esos espacios, que podrían ser plazas o construcciones de cualquier lugar, evocan inmediatamente lugares que hemos recorrido antes.

Gustavo Acosta, estudió en la Academia de San Alejandro en La Habana y en el ISA. Pertenece a la llamada generación de los 80, en Cuba, lo cual lo hace integrante del grupo que marcó determinadas pautas dentro del contexto cubano. Más tarde por razones inciertas, emprendió un viaje y terminó estableciéndose fuera de Cuba. Su obra a pesar de haber transitado tanto por etapas lógicas como marcadas por la experiencia inmediata, mantiene fuertes hilos entre una y otra. Termina por establecer una poética sólida, con una fuerte carga existencial donde pese a la ausencia de referencialidad humana, el artista plantea un diálogo en torno a la existencia del mismo. Las arquitecturas, de cierta forma, son las que cuentan nuestros dilemas, son nuestra representación y nuestra memoria.

En muchas de las obras de Acosta hay nostalgia por lugares inconfundibles de La Habana, y en otras se presenta el comentario sobre su realidad y su futuro. La preocupación es latente en la obra de Acosta, existe un pasado que conoce muy bien y del que sigue siendo parte, aún lejos de Cuba. Los cuestionamientos que surgen y la claridad que otorga la distancia, son plasmados en los lienzos para esbozar algunas respuestas, incertidumbres e ironías.

Acosta traza sus paisajes urbanos como si quisiera reconstruir el plano perdido de algún sitio importante para él, recordar una dirección olvidada con el tiempo. El tramado que forma el dibujo y que media entre el objeto y nuestra vista provoca un ambiente lo más parecido a un recuerdo vago. Sólo nos separa la fina línea entre arte y realidad, aunque la ausencia de figura humana en la obra de Acosta es sólo aparente. El hecho de haber elegido lo urbano quizás sea una llamada de atención sobre uno de los tesoros salidos de la mano del hombre: la arquitectura. Las torres de los edificios, las esquinas de La Habana parecen respirar en sus ambientes de soledad. No queda nadie allí, parafraseando un viejo chiste cubano: el último que se vaya, por favor apague el Faro del Morro.

Marisol Martell