Agustín Bejarano



 




La cualidad que hace de Agustín Bejarano uno de los maestros del arte cubano, y una figura notable del arte latinoamericano contemporáneo, es probablemente el grado de sutileza a que arriba la construcción semiológica de sus piezas más recientes. La serie ¿Los ritos del silencio¿ no sólo ha supuesto la estricta decantación de los medios expresivos, sino que ha contraído la iconografía a niveles sumos de abstracción y vuelo filosófico. Bejarano sobrepasa cualquier descripción puntual o atadura coyuntural gracias a la idoneidad de los mecanismos que facilitan ¿el cuadro semiótico¿ de las obras; un proceso de refinamiento que comenzó con las monumentales series del segundo lustro de los ochenta, atravesó toda la producción de grabados en los noventa, y llega, afinadísimo, hasta hoy.
La paradoja visual resulta uno de los procedimientos cardinales en este tipo de modelo. Desde proposiciones más elementales pero igualmente sugerentes (el hombrecillo que se arrastra, o vuela, sosteniendo los frágiles hilos que lo atan a un enorme edificio) hasta elaboraciones sesudas, como esa donde el sujeto habitual de esta serie desciende una escalera al tiempo que sostiene un avión, o se aferra a él para huir. Ya lo había dicho el propio Bejarano, en palabras escritas en septiembre de 2006: ¿¿ese ecuménico y diminuto personaje se empecina en cargar con todo lo que de una forma u otra preocupa a muchos otros hombres¿. En estas piezas, de una profunda resonancia daliniana, se concreta, o se compendia, una doble imagen sobre la posibilidad de la migración como escape. Sólo muy en última instancia, podemos inferir connotaciones sociales o culturales de los sentidos que se pretenden como transgresión de cualquier entidad u orden físicos.
En El pescador, el instrumento de la pesca viene a ser unas lámparas que escrutan ciegamente en el mar, que patrullan los botes sordos abandonados al océano. En esta otra paradoja visual, existe gran riqueza de significación, siempre por la vía sugestiva: desde los tesoros culturales que se esconden en el mar durante siglos, hasta la debacle migratoria que ha llevado a miles de cubanos a morir en alta mar. Todo es posible y nada, definitivo: ¿Los ritos del silencio¿ son incitaciones, metáforas reacias a la interpretación lineal, arcanos que la mirada inteligente ha de disfrutar con la necesaria apertura.
Para otras piezas, la significación prefiere atribuir a los objetos la cualidad de los pensamientos o los sentimientos. Suerte de metonimias visuales por traslación de figuras, estas obras suelen embriagar al receptor con un misterio muy particular. Sería el caso, por ejemplo, de Reflexión, donde el hombrecito se halla sentado a una mesa, en franca postura de meditación. Bejarano ha subrayado que ¿este hombre nunca muestra el rostro, como si tuviera temor de ser percibido¿. Pero la prolongación física de la mesa corresponde, de alguna manera, a la magnitud de los pensamientos que deben frecuentar al sujeto.
Todavía en otras, es el tratamiento expresivo el que comenta los sucesos interiores de la construcción. Una pieza como La partida nos expone, a nivel figurativo, de forma muy leve, la tristeza o el abatimiento de esos seres que se disponen a partir en los botes. Apenas existe la alusión a todo aquello que dejan atrás, todo eso de lo que se desprenden. La pieza sería una variación más sobre el tema del éxodo, con acento poético, si no fuera por la violencia con que la expresión (las texturas, las manchas, la agresión informalista) interrumpe la anécdota y adensa la sensación de angustia que entraña el acto. Toda una subserie, nombrada ¿Reflejo¿, se asienta sobre la elocuencia de significación de los planos expresivos.
Llega el momento en que la complejidad de la sencillez del maestro ¿otra paradoja, que explica como nada el impacto actual de sus obras- genera ideas y composiciones visuales definitivamente renuentes a cualquier tentativa de clasificación. La pieza El insomne vuelve a colocarnos ante el hombrecito que intenta descender una escalera, y sostiene en este caso una lámpara-guía. La figura es recortada sobre la circunferencia que, además de delimitar el formato de muchas obras actuales, puede coligarse a la idea del mundo, o del universo, donde vagan los personajes. Pero además, debajo encontramos otro círculo, prácticamente un círculo de fuego. El peregrinaje existencial del sujeto, equiparable a un calvario de expurgación, recuerda aquella secuencia de la película Nostalgia (Andrei Tarkovski, 1983), donde el personaje recorría varias veces un espacio vacío y neblinoso, mientras sostenía enhiesta una vela encendida. Las piezas del más reciente Bejarano son dispositivos de enunciación que disparan las posibilidades de la asociación cultural y los nexos textuales, en el tejido de vivencias que informa la historia de la cultura.
Todavía otras, sitúan la poética ya en campos de la metafísica. Varios trabajos hablan del hombrecito amenazado por la punta de un cuchillo que rebasa sus proporciones. Pero Sesión de gestación reviste peculiaridades muy especiales: el sujeto se halla sentado fuera del círculo corroído en cuyo interior se descubre el cuchillo dispuesto, apuntando siempre al hombrecillo, ahora despojado de la menor pertenencia. A primera vista, pareciera una vuelta de tuerca a la idea del confinamiento y el abandono, de la preterición de que es objeto el sujeto contemporáneo, pero la obra requiere incluso una interpretación de índole lacaniana: es el sujeto expulsado del vientre materno; el sujeto sustraído a la menor opción de defensa o protección; el sujeto fragmentado y en peligro, una vez que lo despojan de la pertenencia y el abrigo.
Cuando arribamos a una pieza como Tiempo, el grado de abstracción metafísica está haciendo filosofía visual a tiempo completo. El ser pequeño y desvalido anda sobre ruedas, y trata de guiar una flecha que viene a ser el minutero, la brújula, la orientación posible; como parte de un reloj de la vivencia, marcado ahora por un círculo debido a un haz de luz (otra vez el mundo, pero sutilizado mucho más, estilizado mucho más). El hombre es una partícula minúscula que intenta orientarse en la inmensidad del universo; pero, también, ese sujeto insignificante es quien tiene las riendas del devenir de la historia y el tiempo.
La sabiduría que reportan los años, junto a un talento excepcional, ha conducido a Agustín Bejarano hacia una pintura cósmica ¿curiosamente, por ahí empezó su trabajo, dos décadas atrás-, ajena a todo descriptivismo. Al mismo tiempo, se trata de una pintura secreta, ejecutada en un tono íntimo que la aparta del trascendentalismo como de la esterilidad de otras abstracciones. Posee una calidez sumergida, a descubrir por la mirada en sucesivas aproximaciones. La pericia del edificio semiótico que sostiene a cada obra es el quid del éxito de Bejarano. La precisión según la cual donde pone la mano, pone la certeza, lo está convirtiendo en una de las figuras prominentes del arte latinoamericano contemporáneo.



Rufo Caballero
La Habana, marzo y 2007.