Luisa Elena Betancourt

e-mail: luisaelenabetancourt@gmail.com website: www.luisaelenabetancourt.blogspot.com

 




Luisa Elena Betancourt: Huellas de vida
Eduardo Planchart Licea
¿El génesis de todo esto son trescientas cartas que guardaba porque forman parte de mi vida y no deseaba deshacerme de ellas. Al crear estos libros, hojas y ensamblajes estaba en territorio desconocido, porque hasta hace poco tiempo mi lenguaje era la pintura, había creado obras tridimensionales, pero no un bloque de trabajo completo como estos ensamblajes. Como toda creación nueva, experimenté mucho, fui orientando, reorientando, decantando el trabajo, surgieron ideas nuevas a cada momento.¿ (Luisa Elena Betancourt, Testimonio, 2007)

Estas obras brotan del afán de Luisa Elena Betancourt de transformar las huellas de vida en arte, en forma de libros y hojas. Un libro en su génesis es solo hojas y pensamientos dispersos como las de un árbol que al caer se acumulan, y así se han ido formando los libros creados por la artista, como el gotear del tiempo, se han ido creando cada una de las hojas que integran esta muestra, testigos de vivencias que se crean alrededor del existir, sus semillas son las anotaciones de olvidadas agendas, hojas donde se dibuja, ordena, clasifica, piensa y se escribe. En ellas se liberan las ansias creativas de cada uno de nosotros de manera casi inconsciente y al remirarlos delatan una parte del ser que las creó.
La creadora se ha sumergido en esta estética, para rescatar estas huellas del olvido y eternizarlas como un homenaje a la vida. Para asumir este reto, Luisa Elena se ha tenido que alejar de los grandes formatos, de las armonías cromáticas contrastantes, de formas que luchan entre la abstracción y la figuración, entre ser o no ser, de pinturas caracterizadas por una pincelada lúdica, enérgica, entre mensajes ocultos, algunas veces políticos o en otras ocasiones se concentra en frases célebres. Al tomar distancia de los grandes formatos busca la belleza de lo intimo, la reflexión sobre sí que se da en el silencio de la imaginación, que se proyecta en contrastes cromáticos ligeros similares a la naturaleza de Gabante, que se traman entre los papeles artesanales soporte de imágenes, escritos, trazos y dibujos, entre texturas que van de la etérea suavidad de los papeles de los mares del Sur de Tailandia que se asocian a los exquisitos relatos de R.L. Stevenson o J. Conrad; los traídos de Japón, que atrapan entre su flexibilidad y suavidad del budismo Zen; y la rigidez del papel de excremento de elefantes de África, que nos enfrenta a la dramática realidad que vive este continente entre terribles hambrunas, sequías, guerras étnicas y la pobreza convertida en un mal endémico¿ Estos materiales con sus reminiscencias son el eje material del grabado digital donde lo visto, lo mirado, lo dejado se recompone y se humaniza a través de herramientas de alta tecnología como es el escáner y programas como photoshop, ilustrator capaces de rehacer la realidad en un nuevo discurso visual. En estas series el otro tendrá el reto de reconstruir estos sentires y murmullos visuales. Sentido que es reforzado por el aislamiento de las cajas que resguardan cada hoja con sus historias y hacen que cada pieza vibre con su propia individualidad al encontrarse en el vacío y reprimir el contacto sensorial.
¿Tengo años interviniendo la fotografía digital, hay razones quizás técnicas para eso, vivo ahora en un lugar pequeño y es muy díficil trabajar en cuadros inmensos. Con esa reducción del espacio empecé a trabajar en la computadora, digitalizando imágenes, y es muy gozoso y divertido. He creado series completas que están ahí, que nunca se han presentado, como las que surgen cuando voy al taller de micro mecánica de mi hijo en Caracas y voy tomando fotografías a sus herramientas, maquinarias y mesas de trabajo y cuando vuelvo a su casa le digo: - Mira tu serie Taller, y así empezó esto, son sorprendentes los resultados. Esa fue la vía como se fue creando estas huellas de vida¿. (Luisa Elena Betancourt, Testimonio, 2007)


Fueron diversas las fuentes de inspiración de Luisa Elena Betancourt para crear sus obras en los últimos años: sus amarres de amor, en el contacto con la Colonia Tovar, y su enamoramiento con la salvaje y edénica naturaleza de Gabante que por años visitó antes de tener un hogar en ella. Mostró una huella de estas vivencias y de este reencuentro al público en su exposición Gabante, tierra prometida (1998) en la Galería Braulio Salazar de la Universidad de Carabobo, dominada por cuadros de grandes formatos, desenfadamente espontáneos. De esta manera nació el colibrí pintado ¿El Visitante¿ (1997) con pinceladas y contrastes cromáticos atrevidos, metáfora al sutil vuelo de alma y el regocijo interior al encontrar el dulce néctar, de ahí que se convirtiera esta ave en símbolo del vuelo de alma y del éxtasis en diversas civilizaciones. Estamos también ante los recordados morrocoyitos Tristán e Isolda que se arrastraban con su característica lentitud por el bosque, cual guerreros tradicionales japoneses o aztecas por los banderines de colores que les colocaba la artista para no perderlos entre la compacta vegetación, presentes en el cuadro ¿Paraíso en Gabante¿ (1997), donde una serpiente y un morrocoy jugetonean entre caligrafías que transmiten sentidos que van más allá del deleite pictórico. Desde el génesis de esta serie han pasado diez años, casi cuatro mil días, cinco millones quinientos setenta minutos, este fluir temporal da una idea de la distancia emocional que separa la obra de ayer y hoy en sus hojas, libros y ensamblajes de los animales edénicos y su colorido que grita visualmente con alegría por el reencuentro con la naturaleza, al reaprender la sabiduría de los descendientes de los emigrantes alemanes amantes de esa tierra que hicieron suya, naturales en su mayoría del Gran Ducado de Baden en las cercanías de un pequeño macizo de origen volcánico en el centro de una planicie, nombrado como la silla del Emperador como señala Leopoldo Janh. Recuerda éste nombre una antigua leyenda del Emperador Federico Barbarroja quien murió en las cruzadas a principios del siglo XII, donde aún se espera su retorno para restablecer su trono. Es la obsesión por asimilar a Cristo a los héroes caídos, es este uno de los sentidos de la muestra Huellas de Vida, en los que las hojas se convierten en metáfora de la resurrección de la memoria y del recuerdo a través del poder del arte. Milagro que nació entre frondosos caimitos y yagrumos, grandes helechos y palmas Prapa, colchones de hojas en descomposición que hacen amable el caminar sobre ellas, entre el constante fluir de las caídas de agua y un sin fin de cantos de azulejos, sorocuas y reinitas... Mimetizada entre esta selva nublada se encuentra la pequeña y encantada casa de Luisa Elena en las cercanías de la Colonia Tovar, asentamiento fundado a mediados del siglo XIX por emigrantes alemanas inmigrantes de la Selva Negra que trajera Agustín Codazzi a pedido del presidente de Venezuela en ese entonces, el general José Antonio Páez, a esas tierras altas del estado Aragua donde nace el río Tuy. Entre esas calles que en el pasado fueron de tierra apisonada se ha desaprendido Luisa Elena de los sueños de la razón, para redescubrir la vida como pulsión renovadora. Este itinerario espiritual se reconstruye en estos libros y hojas que nos enfrenta a una de las verdades más duras de la existencia: la lucha contra la verdadera muerte es contra el olvido y no contra la desaparición física.
Las hojas presentes en la composición de cada uno de estos libros los asocia simbólicamente a libros por escribirse, a memorias por crearse cuyo corazón son las palabras por nacer como fragmentos del ensueño. La artista lucha por transformar las experiencias del devenir cotidiano en fuente de inspiración y al cambiar su contexto vivencial transmitió a su obra un giro radical al centrarse en algo tan fugaz como el recuerdo, vía para asumir el presente como semilla de futuro. Al dar este vuelco, cada pieza asume un carácter intimista para hacerse eco de la remembranza, asume así la obra para dar giros insólitos como es la ambientación Memorias de amor donde presenta los secretos de una pasión en forma de cartas escritas por una pareja de enamorados por un periodo de seis meses.
Las hojas de anotaciones forman parte de este vuelco al concentrarse en la recreación que tiene como base las libretas de trabajo y en sus placenteros y libres dibujos de orquídeas como intento de atrapar el misterio dejado por Alfonso León-Salas de esa seductora belleza.
Las fotografías como memoria de vida se convierten en collage digital, plegados en hojas y libros que crean un equilibrio entre lo artesanal y lo tecnológico, pues la reconstrucción de este universo visual se creo a través de la alta tecnología hasta lograr que cada una de ellas tuviera su propio mundo, y a su vez asumieran una dimensión simbólica que cada espectador irá descubriendo a medida que se adentre en estos mundos íntimos de las memorias de una familia y de sus nudos de amor.


Ante estos libros de colores que mimetizan la naturaleza en sus contrastes cromáticos, el colorido de los ensamblajes, por el contrario, se asocia a la cultura caribeña y su ebullición de vida, y el bosque de Gabante se hace presente en las ramas y troncos que son pintados en colores fuertes, estructuras acompañadas de amarres que semejan las lianas parasitas del bosque. El azul del cielo y rojo de su superficie hacen alusión al precioso pecho del Sorocuá, ave que con su presencia y misterioso canto crea un halo de sacralitud a estos bosques.
Las fluidas formas de los ensamblajes recuerda el correr de las aguas nacidas entre montañas, ritmo que se hace presente en lo orgánico de estas estructuras y de cómo se unen para integrarse y crear una unidad, que no nace de la humedad nutriente de la tierra sino de la energía y voluntad creativa de una hacedora. Estas estructuras arbóreas atrapan vivencias secuestradas al recuerdo, cada espectador al enfrentarse a estas paginas sin escribir proyectará su ser en ellas en palabras imaginadas, cual etéreos atrapa-sueños que simbolizan el eterno presente, entre elementos femeninos de bisutería guindados en cueros para transmitir esa sensación de hojas y frutos que desean comunicar el espíritu de una naturalaza agreste y fértil y a su vez frágil como toda cadena de vida, de ahí esa sensación que transmite cada uno de estos ensamblajes de inestable equilibrio. Así cada uno de los ensamblajes, se convierten en una proyección de lo que es Gabante y de lo que ha vivido, reído y llorado la artista entre esa selva.
Estas Huellas de vida son un ejemplo de cómo en el arte contemporáneo venezolano se ha creado una tendencia estética que cada día toma más cuerpo, que busca rescatar los espacios íntimos, corriente nacida de una sensibilidad femenina que indaga en lo ignorado siguiendo de cerca el postulado modernista de que el arte es vida, pero entendiendo la vida como una concreción y no una idea, ésta estética se ha adentrado en lo que hasta ahora estaba considerado fuera de la esfera del arte, en este sentido la obra e instalaciones de Antonieta Sosa son uno de estos puntos de ruptura en el país al recrear los elementos del hogar en propuestas estéticas, o las propuestas de Fabiola Sequera con sus plantemientos sobre el amarre y el textil, Nadia Benatar al convertir el quehacer hogareño en arte, Diana López en sus sorpresivos juegos visuales que atrapan la feminidad. En está tendencia, Luisa Elena Betancourt ocupa un lugar especial como intelectual y artista, y en esta ocasión convierte sus recuerdos, sus amores, sus alegrías y tristezas en la piedra filosofal de su existir.