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El camino del pasado/Oleo sobre lienzo
 

 
Exposición Individual
Arturo Montoto

ArtNexus #53 - Arte en Colombia #99
Jul - Sep 2004



La Habana, Cuba
Institución:
Museo Nacional de Bellas Artes

Amalina Bomnin


Arturo Montoto no sólo es un artista con mucho oficio, sino que a la par es un gran investigador. Ésta es la única manera posible de desmontar subrepticiamente los estabilizados cánones dentro del discurso occidental del arte y ¿jugar¿ con sus estrategias de representación. Y no es que lo haga con otros elementos ajenos a esta Historia, ahí está su mérito, lo lleva a cabo desde los propios presupuestos estructurales que aún hoy nos permiten deslindar ante determinada obra si es una naturaleza muerta, un paisaje u otro género o tendencia tradicional. La lección de pintura es la exposición que este artista realizó recientemente en el Museo Nacional de Bellas Artes, conformada por 22 lienzos, 11 de mediano formato, otra cantidad similar de grandes dimensiones, y una especie de declaración de principios del autor.
El leitmotiv de la muestra es el proceso de producción artística, en este caso el del propio autor; porque Montoto (un hombre de apariencia apacible) es un obseso con los artilugios creativos, que constantemente se cuestiona conceptos como mimesis, anagnórisis, poiésis, entre otros, originarios de la cultura griega. De esta última ha aprendido a valorar la importancia de la mesura y el equilibrio en todos los ámbitos de la vida, aspectos éstos tan caros a las circunstancias socioculturales de hoy, y de presencia notable en su discurso pleno de contrastes en todos los órdenes.
El artista ha dispuesto en caballetes, delante de las obras colgadas de la pared, los lienzos más pequeños, dando una secuencia lógica a cada uno de los pasos que sigue para llegar al producto final. La declaración de principios del pintor, quien se erige en maestro, presupone tres destinatarios fundamentales: el discípulo que persigue la búsqueda de individualidad autoral, el aprendiz que consigue imitar al artista exponente en detrimento de su propio estilo, y un tercer receptor que, armado de argucias técnicas y talento, pretende establecer su obra y tiene que desafiar los estigmas que la contemporaneidad le ha insuflado a la pintura, relacionados con su supuesta ineficacia para reflexionar sobre problemáticas actuales. Estos destinatarios simbólicos le permiten al autor comentar acerca del estatus de lo pictórico dentro de la praxis artística, desplegando las mediaciones existentes entre gnosis y representación, en un ¿juego¿ que alerta sobre los límites de la creación, cualquiera que sea el vehículo expresivo utilizado.
Para un creador que posee el rigor de la academia, que ha sido premiado por su quehacer fotográfico, incursionador en la abstracción e instalacionista, ningún ¿truco¿ artístico le es ajeno. Hay un regodeo irónico en su discurso, dirigido no sólo a la realidad muchas veces absurda de su entorno social, sino también hacia la jerarquía del artificio estético. Me cuenta que esta muestra la ha asumido como un ejercicio de experimentación que le permita transitar gradualmente hacia la abstracción. El juego con el espacio que instaura complicidad con relación al espectador, la escala casi natural de los objetos, la pérdida de supremacía de éstos últimos en las historias, la preeminencia de sombras ajenas a la trama compositiva, y la presencia del graffiti, son algunas de las constantes que esbozan un cambio de sentido respecto a su obra anterior.
Otro tanto sucede con el repertorio figurativo de Montoto. Si antes era la propensión al uso de las frutas, ora en su naturaleza más noble, ora en su disposición voluptuosa, en estos lienzos los íconos se tornan agresivos y más plurales por su procedencia. La mayoría de ellos son instrumentos de trabajo que connotan ad infinitum, proponiendo múltiples asociaciones dentro de una lógica semiótico-estructural de carácter dual.
La pieza más lograda del conjunto, La autosustentación del canon (que me ha hecho además cambiar mi visión respecto a su poética), resume la intención de esta muestra. Un maniquí de los usados por los artistas en la academia descansa recostado a una pared en una actitud de abandono. Él mismo sostiene su pierna rota y al fondo resalta un graffiti (falseado) que reza: onanismo. Al lado derecho del lienzo, una escalera se adentra en la oscuridad. Aquí el artista parece comentarnos acerca de una historia replegada a su condición de modelo a seguir, y que en la soledad de su autosuficiencia encuentra al unísono consuelo y ansiedad. Confieso que decidí acercarme al mundo de Montoto después de leer un planteamiento errático acerca de su discurso. A alguien se le ocurrió hablar de minimalismo en la propuesta del artista. Y lo agradezco, porque encontré piezas significativas que hacen gala de un gran nivel de síntesis a pesar de pulsar estados y conflictos tan dispares. Esta misma apunta a la angustia de la libertad creativa ante la declinación del referente, y ha sido resuelta en medio de una atmósfera que se debate entre el goce y la melancolía.
La sugestiva Veleidades es otra pieza distintiva, tan llana en su apariencia y la vez contrastante si se analiza detenidamente. En ella aparece una cola de langosta que grita su carnosidad después de ser abandonada a la entrada de una puerta. En cada una de estas obras se establece una tensión entre las texturas trabajadas a espátula del grueso de la composición y la suavidad de los objetos manejados con pincel. Aquí se produce un contrasentido: la majestuosidad de las sombras no opaca la brillantez del apetitoso alimento, que se antoja ajeno, escurridizo. La pieza constituye una alegoría de la antítesis que puede darse entre la situación fáctica de la sociedad y lo que es verdadero o ideal.
Plagada de superposiciones textuales resalta también El cabo del hacha, suerte de epítome de los ocasos ideológicos, políticos y culturales de la contemporaneidad. A Montoto le seduce ¿jugar¿ con las capacidades interpretativas del espectador y ha colocado un hacha sobre dos libros de empalme rojo. Dice recordar con fruición la popular frase ¿Te dieron con el cabo del hacha¿, e intenta expandirla a todos los campos sociales para hablar sobre las miserias humanas.
Toda la narratividad del artista se desenvuelve teniendo como telón de fondo a la arquitectura. Sus ansias de teatralizar encuentran en ésta el sitio ideal, quizás porque esta manifestación es el rostro de las sociedades. A través de ella se constata la bonanza o declive de un contexto dado, y en este caso es evidente la inseguridad que comportan estas paredes, escaleras y vanos desahuciados.
Un tensor eléctrico que proyecta su sombra en forma de horca, una bigornia que hace de barricada en medio del camino, graffitis que anuncian de soslayo frases incisivas, cuchillos insinuantes, postes-obstáculos, son algunos de los elementos fabuladores en la propuesta del artista, para quien el arte funciona como ergoterapia cuando fuera de su estudio no encuentra lo ¿real¿, lo que le satisface, y entonces prefiere quedarse con el ¿teatro de sombras¿, como en el mito de la caverna de Platón.
¿El misterioso¿, como llama un amigo de su juventud a Montoto, es además un gran manipulador, un artista inquieto, ansioso, que a través de su ¿lección de pintura¿ se interpela a sí mismo. Su clase deja abiertas varias interrogantes: ¿Habrá una evolución en la trayectoria del autor después de este ejercicio? ¿Ha sido el mercado el catalizador de ciertos cambios en la operatoria del artista? ¿Será más certero su discurso a través de la pintura o de otro medio expresivo?... Mientras tanto La noche se acumula, y nada es tan visible como para dar conclusiones.




 


 

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