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La visita
 

 
Exposición Individual
Arturo Montoto

ArtNexus #57 - Arte en Colombia #103
Jun - Ago 2005



Madrid, España
Institución:
Casa de las Américas

Andrés Isaac Santana


La lección de pintura de Arturo Montoto es una muestra perversa desbordada de trampas perceptivas y desvíos retóricos que no hacen sino venerar el horizonte retiniano, para advertir así sobre los problemas de la representación, el carnaval de la referencialidad, los mecanismos ilusorios de construcción de la verdad y la desvencijada doxa académica. Esta exposición y su obra toda devuelven al arte cubano el recurso tantas veces mancillado de la evocación, la posibilidad algo extraviada del asombro y el rescate de un instante de belleza que el desvelo crítico y contestatario de muchos de sus homólogos hizo fenecer, en virtud de un desmedido abuso de la vertiente sociológica y sus muchas derivaciones contextuales.

Sin dudas, La lección de pintura supone un punto de inflexión y un desvío de la narrativa que su obra anterior urdía. Atrás quedaron los paisajes de absoluta sensualidad donde ésta se agasajaba el privilegio de lo protagónico. Ahora la delicadeza sensual y la erótica de un trazo junto a los manejos luminosos de cierta neutralidad barroca, permiten una interpretación cultural que excede el escenario de la representación. Donde antes hubo alegoría pretextada, referencialidad usurpada a tenor de una insubordinación transgresora, ahora, en cambio, éstas adquieren el carácter de rotundas metáforas sobre los desvaríos que se suceden en el azaroso mundo del arte y de la vida. Reflexiones de alcance y vastedad ontológica, rebajamientos de a prioris axiológicos que han calificado a los artistas desde una perspectiva occidental, y cimarronajes e investidas de lo canónico, son algunas de las orientaciones conceptuales que antes apenas quedan esbozadas y que ahora logran emanciparse como figuras y recursos discursivos.

No es sino en la elipsis, en lo sinuoso del tono y en la epifanía estridente del tropo, donde sus obras continúan hallando el modo de hacer coincidir el silencio taciturno de la belleza, con la pertinencia avispada y hacendosa de los conceptos. Las obras expuestas articulan discursos sugestivos sobre aspectos de la cultura y el sentido ilusorio de toda representación, algo que se refuerza de un modo estratégico en la escogencia de títulos que actúan como índices alusivos y vectores de estimulación del pensamiento. Éstos movilizan una zona de alta densidad filosófica en la que se corrobora la agonía e insatisfacción del universo escritural cuando éste intenta explicar la naturaleza misma de la pintura (de la imagen). Labor que frente a la obra de Montoto supone un placer y un privilegio, en la medida en que su pintura parece no poder escapar de la tropología.

Todas las piezas exhibidas desbordan su propio universo representativo para postularse como textos que resumen y desvelan la naturaleza de varios tópicos debatidos hoy en el plano de la teoría cultural. Una de ellas se me antoja como el emblema más sofisticado y resuelto de esta propuesta: La autosustentación del canon. Esta obra no sólo se basta a sí misma para fundar una inquietante cadena de alegorías, sino que es capaz de cifrar el sentido último de esta muestra. Tres son los elementos que en su diálogo desatan y excitan la especulación más febril, dos de naturaleza textual, y otro, iconográfica: el título y la palabra inscrita en la pared a modo de graffitis que reza Onanismo, y el tercero, la imagen fantoche de un muñeco que sirve acaso para fijar las posturas y poses que inspiran el ejercicio pictórico en la fatigosa consumación del canon, del ideal sujeto a emulaciones continuas. Los tres registros colocados en diálogo logran generar discursos sobre la precariedad, improcedencia y abandono del modelo académico, las paradojas de los relatos legitimadores y la eterna crisis de toda plataforma artística y cultural que, en su acto onanista y de autosatisfacción, deviene en régimen represivo y doctrina estéril.

Con estos ardides, la obra de Montoto alcanza a satisfacer uno de los conflictos en los que no pocos artistas contemporáneos rinden sus armas. La suya es una propuesta que sabe poner en juego los mecanismos de seducción a través de la retina, pero, y ahí en parte su grandeza, también consigue que la complacencia retiniana se aposente en una superficie conceptual capaz de estimular el giro epistemológico.

Consiguiendo entonces movilizar las más burdas y sublimes necesidades del gusto, el artista emprende el camino de la burla cómplice. La lección de pintura, es una auténtica encerrona para la mirada del diletante y del crítico conservador. Las piezas que la conforman pretenden engañar bajo un criterio de verdad que persigue convencer sobre la existencia física de las fuentes, cuando en realidad sabemos que todo se reduce y amplía a la versatilidad engañosa del simulacro como esbozo de la duda. Es en el palimpsesto textual de la Historia del Arte donde se presume la existencia de estas fuentes que pueden ser muchas y ninguna, dado que el artista opera con una apropiación del aura y del estilo, más que del fragmento o el accidente de un detalle en concreto. Por esta razón, La lección de pintura quedará ahí como testimonio (y entonces sí es pertinente el término), como un ejercicio de dislocación, de juego conceptual y de maniobra respecto a las estructuras del discurso crítico, sobre el que habrá que volver después que muchos hayamos aprendido la lección de que toda fijeza, toda representación, es evanescente, poco certera, delirio y catarsis de la duda.



ANDRÉS ISAAC SANTANA




 


 

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