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La fresca mañana de las hortalizas
 

 
Exposición Individual
Arturo Montoto

ArtNexus #66 - Arte en Colombia #112
Sep - Nov 2007



La Habana, Cuba
Institución:
Galería Villa Manuela


Con una gran afluencia de público se inauguró el pasado mes de marzo en la Galería Villa Manuela, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, la exposición de pinturas de Arturo Montoto ¿Conversación en el huerto¿. Las piezas reunidas para esta ocasión pertenecen a una serie que el artista ha venido desarrollando desde el año 2005, cuyas peculiaridades conceptuales y formales se develaron por primera vez en la muestra ¿Islas o el camino de cada cual¿, presentada en la Galería Espacios, Madrid, España. En Cuba, sólo un grupo reducido del conjunto pudo ser apreciado en 2006, en la exposición colectiva ¿Isla Interior¿, llevada a cabo en el Museo de la Fundación Havana Club, y en la personal ¿La fábula del hortelano¿, auspiciada por el Centro Cultural y de Animación Misionera San Antonio María Claret, en la provincia de Santiago de Cuba.

En el catálogo de Villa Manuela, Montoto publicó una nota aclaratoria en la que rechazaba el sentido de exclusividad de las piezas y hacía énfasis en su nivel de remisión hacia otros trabajos precedentes, a la vez que negaba la emergencia de nuevas concepciones o procedimientos y reafirmaba su inclinación abstraccionista-informalista de siempre. Pero ni siquiera ese comentario preliminar, ese supuesto intento de condicionamiento -cada vez más recurrente en las exposiciones y performances de Montoto- logró moderar la sensación de sorpresa casi generalizada con la que los asistentes recibieron los doce lienzos de mediano y gran formato agrupados en la exposición.

Es cierto que esta serie no ha implicado la renuncia de Arturo Montoto al tipo de propuesta pictórica que lo ha hecho distinguible dentro de las artes plásticas cubanas, en la cual tanto el objeto como la arquitectura citadina participan con igual intensidad en la conformación de los significados, en la subversiva disquisición sobre el tema de la realidad y sus representaciones. Incluso, hay estructuras y símbolos reconocibles de su pintura, que aunque no tienen una presencia reincidente en sus últimas producciones, no han sido abandonados por el artista. Si uno revisa sus catálogos, los proyectos editoriales en los que ha estado involucrado recientemente, o visita su estudio en Guanabacoa, podrá ver cuadros terminados o en proceso en los que aparecen todavía las esquinas lúgubres, los pórticos sombríos, algún que otro libro recostado sobre un peldaño, y hasta esas frutas suntuosas de los inicios. O sea que las obras agrupadas en ¿Conversación en el huerto¿ han sido concebidas desde una perspectiva más bien complementaria, de interconexión; ellas reciclan ideas, nociones estéticas que han acompañado al pintor desde que se dio a conocer a finales de la década de los ochenta hasta la fecha.

Pero tampoco podemos afirmar que la reacción del público ha sido ahora infundada. En la exposición de Montoto se verifican los estadios de perfeccionamiento y depuración técnica que está experimentando su imaginería; el grado de condensación alegórica y metodológica que ostentan su composiciones, lo cual comienza a provocar un cierto contraste con todo aquello de su pintura que ya le es familiar al espectador de la Isla; contraste que tarde o temprano podría llegar a sumergirlo también en una disyuntiva de opciones. El objeto, que antes aparecía vinculado a determinados escenografías, en la actualidad -según palabras del propio creador- ¿¿ ha abandonado el topos cotidiano para invocar su permanencia y protagonismo en un contexto indefinido que no lo disturbe, para focalizar todo su doble sentido¿¿. Yo no diría tan solo que se ha magnificado la presencia del utensilio o el artefacto por sobre otros elementos más sublimes, menos ásperos, sino que se ha aguzado el sentido de selectividad de los mismos a partir de la carga denotativa que son capaces de portar, de la manera explícita con la que se involucran en el forcejeo entre beneficio y agresión, satisfacción y tortura, dicotomía que parece inundar todo el espíritu de las escenas actuales de Arturo Montoto; estoy pensando, digamos, en piezas como Arrastres, El maná que se espera, La tostadora, Vagina, El monte de los olivos, y La fresca mañana de las hortalizas, a mi juicio, el cuadro más impactante del conjunto.

La irrupción desembarazada del lenguaje abstracto en la pintura de Montoto, luego de varios augurios y tentativas, resulta también un hecho novedoso en esta oportunidad, aunque no por ello imprevisible. Sin embargo, todavía continúa sumiendo al objeto en la misma atmósfera inquietante, perturbadora, que generan los espacios urbanos. Hay algunas piezas, incluso, en las que el artista no se esfuerza en omitir los vestigios de la realidad tangible, como en Ayer se ha mondado el jardín o Los dos extremos del peligro. Este comportamiento prueba el grado de progresión, de fluidez, con que el artista ha ido transitando entre una expresión y otra, reacomodando cada uno de los artificios que de ellas provienen. Los brochazos gestuales e imprecisos, los fondos chorreados, las líneas entrecortadas, constituyen en mi criterio el esbozo intuitivo de una percepción visual mucho más honda, la recreación por síntesis, por supresión, de esa densidad que detentan también determinados espacios citadinos, en los cuales el objeto gravita y nos desconcierta con todo el peso de sus significados.




 


 

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