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Tetralineados Rojo, 2009. Plexiglás, motores y circuitos electrónicos. 20 x 155 x 20 cm. (7 4/5 x 61 x 7 4/5 pulgadas). Colección privada
 


Tetralineados Verde, 2009. Plexiglás, motores y circuitos electrónicos. 20 x 155 x 20 cm. (7 4/5 x 61 x 7 4/5 pulgadas). Colección privada
 


Cuadriconcéntricos, 2009. Acero, bronce, motores y circuitos electrónicos. 71¿x¿71 cm. (28 x 28 pulgadas). Colección privada
 


Equiláteros, 2008. Alambre de acero, plomo, motores y circuitos electrónicos.¿ 88,5 x 76,4 cm. (34 4/5 x 30 pulgadas). Colección MFAH, Museum of Fine Arts Houston
 


Circuconcéntricos, 2005. Hierro, motores y circuitos electrónicos. 100 x 100 cm. (39 ¼ x 39 ¼ pulgadas). Colección privada
 


Tetralineados Circular Policromático, 2009. Plexiglás, motores y circuitos electrónicos. 20 x 80 x 80 cm. (7 4/5 x 31 2/5 x 31 2/5 pulgadas). Colección privada
 


Línea, 2006. Hierro, motores y circuitos electrónicos. 150 cm. (59 pulgadas). Colección privada
 


Trianguconcéntricos, 2009. Acero, bronce, motores y circuitos electrónicos. 100 x 100 cm. (39 ¼ x 39 ¼ pulgadas). Colección MNBA, Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina
 

 
Monografía
Elías Crespín
Coreografías geométricas

ArtNexus #78 - Arte en Colombia #124
Sep - Nov 2010




Victoria Verlichak


Los desafíos que enfrenta Crespín, incluido un sinnúmero de difíciles vericuetos de diseño y de programación, cada vez que imagina y encara un nuevo trabajo, son un medio, pero a la vez constituyen parte del placer de su incesante creación. Gracias a la evolución de la tecnología forjada por el artista, sus obras poseen asombrosos niveles de estabilidad y confiabilidad.

VICTORIA VERLICHAK

¿Qué miran todos embelesados? Sucede siempre en las exposiciones. Los espectadores se arremolinan y, callados, observan los movimientos hipnóticos de unas inesperadas formas que se mueven y flotan y, en su danza en el espacio, encarnan la poesía. Danza y poesía en las obras del venezolano Elías Crespín, un artista que se adueña del espacio y ¿pinta en el aire¿ signos con reminiscencias geométricas ¿líneas, superficies, volúmenes, partes de estructuras suspendidas desde el techo¿ que crean mundos, atrapan la mirada y liberan la mente.
Siempre únicas e invariablemente sugestivas, sus esculturas electrocinéticas se encuentran fundadas, a la vez, en la estética del movimiento y en el principio del equilibrio. Pero, a diferencia de la bicicleta de Marcel Duchamp (¿primer trabajo de arte cinético?, además de primer ready-made) accionada manualmente, de las experiencias de Naúm Gabo con esculturas dotadas de mecanismos eléctricos que parecen máquinas, de Laszlo Moholy Nagy con sus proyecciones de sombras en la pared, de los móviles de Alexander Calder agitados por la brisa, o las piezas de Jesús Soto, que también precisan del desplazamiento del espectador, las obras de Crespín incluyen dispositivos animados por sistemas electrónicos (hardware), controlados por tecnología de computación (software) diseñada por el propio artista.

Artista sin etiquetas
El gesto estético de Crespín brinda una experiencia sensorial que fascina y desconcierta. Hechiza a los espectadores que, sin necesidad de una explicación discursiva ni de buscar definición programática alguna, se dejan llevar por su evidente magia. Perturba a algunos que reclaman colocarle alguna etiqueta al trabajo de este artista, que se encuentra en una clase en sí misma. Al día siguiente de que en mayo de 2008 la coleccionista argentina Nelly Craveri, en una exhibición de amor a primera vista, comprara y donara (ya que no sabía ¿dónde ponerla¿, en su casa) la pieza Trianguconcéntricos (2008) al Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA, Argentina), el nombre de Elías Crespín estuvo en todos los diarios, en boca del mundillo del arte y de los que consumen informaciones culturales.
Esa tarde, el stand de Cecilia de Torres/Débora Frydman en arteBA ¿la feria de arte contemporáneo de Buenos Aires¿ fue inundado por innumerables personas que se detuvieron maravilladas a mirar la suave y armoniosa cadencia de diez triángulos equiláteros concéntricos, inscritos en un metro de diámetro, que parecían responder a fórmulas matemáticas que no se veían y melodías que no se escuchaban. Cuando se filtró la noticia de que también el empresario y coleccionista Eduardo Costantini había aprobado la compra de Malla Electrocinética II (2008) para la colección de su institución ¿Malba, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires¿, todos querían saber acerca de Crespín.
Hijo de matemáticos y nieto de artistas, Crespín asistió cotidianamente, desde que nació en Caracas, Venezuela, en 1965, al fecundo diálogo entre matemática y arte. A partir de enero de 2008 vive en París con su mujer, una bióloga molecular, y con su hijo, aún pequeño como para, a su vez, decidirse por la ciencia o el arte. Pero, en realidad, como lo demuestra la práctica de Crespín, si acaso, en el futuro el niño no tendrá que elegir; podrá dedicarse a ambas disciplinas, o a ninguna. La curiosidad estética y científica tienen puntos comunes que suelen entrelazarse.
La trayectoria de Crespín atraviesa el arte y la ciencia, que, se sabe, comparten el goce por la exploración y el descubrimiento de lo inasible. Graduado en Ciencia de la computación en la Universidad Central de Venezuela, emprendió la exploración de su veta artística y el desarrollo de sus primeras formas y fórmulas en el año 2000; en 2002 comenzó a jugar con motores de impresoras y a partir de 2004 exhibe su trabajo de manera sostenida.
Crespín creció viendo las prácticas artísticas de su abuela Gego (Hamburgo, Alemania, 1912-Caracas, 1994) y del marido de ella, el diseñador gráfico, pintor, dibujante y fotógrafo Gerd Leufert (Memel, Alemania, hoy Klaipeda, Lituania, 1914-Caracas, 1998). Arquitecta, diseñadora y artista, Gego (Gertrud Goldschmidt) emigró a Venezuela al filo de la Segunda Guerra Mundial desde Alemania a causa de la persecución nazi. Maga de la línea, utilizó paralelas, cruces diversos y formas geométricas creando la ilusión de dibujar el espacio. Como dijo Marta Traba, Gego sabe ¿pensar como arquitecto, [...] actuar como ingeniero, [...] proyectar como artista¿.
¿Aprendí a doblar alambritos con ella en su taller¿, le dijo el artista a Dubraska Falcón (El Universal, Caracas, 23 de septiembre de 2009). ¿¡Eso me marcó! Tenía la idea del movimiento de ondulación y trataba de resolver el problema de la estructura de la obra, que posteriormente llamaría Malla Electrocinética I. Quería una estructura en la que hubiera cierto juego en los puntos de unión. Me di cuenta de que la estructura reticular de Gego era la solución perfecta. Busqué alternativas, pero al final me dije: ¿por qué no?¿.
Sencillo y de perfil bajo, Crespín sonríe satisfecho, con la frescura de un crío, al verificar la reacción encantada de los espectadores ante sus creaciones. Antes que nadie, él es el primer seducido y maravillado con sus esculturas electrocinéticas; le siguen provocando sorpresa. Reflexivo y sin complejos, supo reconocer la influencia de Gego, y retomar la retícula empleada por la artista, e incorporar la noción de tiempo y la tecnología de última generación como elemento constitutivo de su obra. Los rítmicos deslizamientos de cada una de las partes de las esculturas obedecen a una música interior. Se rigen por secuencias proyectadas por Crespín en programas de computación ¿guardados en plaquetas alojadas dentro de una plataforma, que esconde y contiene también terminales, cables y motores¿, manejados por control remoto con un I-Pod.
El arte cinético de los años sesenta producido por Soto, Carlos Cruz-Díez y Alejandro Otero es una presencia hegemónica e ineludible en la Caracas de su adolescencia. Crespín abreva de esa tradición que nace del romance del hombre moderno con la tecnología y del deseo de presentar el movimiento. Cuerpo y alma de las esculturas del artista, el hardware y software, por sí solos, no alcanzan a explicar la formidable potencia visual de sus obras.

Se tiene o no se tiene
Crespín lo tiene; ¿será genético? Posee un inusitado talento natural, inventor de artilugios generadores de belleza. Sus potentes y líricas coreografías geométricas ¿como él también llama a sus obras¿ exhiben un dinamismo en las formas, que las descubren siempre nuevas al ojo del que mira, y un inspirado contrapunto de luces y sombras, que renuevan la utopía.
Es la quimera de un espectador libre que, al observar las dinámicas esculturas de Crespín, puede imaginarse y sentirse gozosamente de vuelta en el territorio de la infancia, cuando todo es posible y las experiencias son siempre nuevas. Entonces, el espectador sin preconceptos intuye que hay que mirar bien las obras, en la expectativa de que, acaso, los triángulos se vean convertidos en majestuosas pirámides precolombinas, y las redes, en mantos protectores donde cobijar los sueños; entonces, quizá exista la posibilidad de que duendes invisibles sean los que, en efecto, manipulan los cables y las precisas formas, círculos, ángulos, prismas, a un ritmo ondulante y, a veces, al son de un silente concierto dodecafónico, y los que a su paso provocan la ilusión de que, al fin, se podrán alcanzar las estrellas.
Crespín no realizó estudios formales en arte ni ascendió los peldaños que llevan a los jóvenes a construir una carrera artística. En apenas cinco años, desde que comenzó a exhibir, su obra fue incorporada a las colecciones de por lo menos seis museos y colecciones públicas como El Museo del Barrio (Nueva York), Kinetica Museum (Londres), los ya mencionados Malba y MNBA (Buenos Aires), The Museum of Fine Arts Houston (Houston), CIFO (Cisneros Fontanals Foundation, Miami). Asimismo, sus esculturas se encuentran en más de una docena de colecciones privadas de Londres, Madrid, Connecticut, Nueva York, Miami, Houston, México y Buenos Aires.
Luego de trabajar como programador de computación durante más de quince años, en el cruce de su pasión por las matemáticas y el diseño gráfico comenzó a experimentar para ver ¿cómo representar fórmulas matemáticas en la pantalla de su computadora Apple II¿. La contemplación de Cubo Virtual de Soto en el año 2000 (Museo de Bellas Artes de Caracas) lo instigó a buscar la manera de ¿animar objetos físicos con técnicas de computación con el fin puro y simple de verlos¿. Así, desarrolló un programa que le permitió coordinar el movimiento de motores de impresoras, independientemente unos de otros; de allí su Cubo Ondulatorio, Homenaje a Jesús Soto (2005). ¿Desde la memoria de mi computadora, transferí una gráfica virtual a la tercera dimensión y al espacio real. El resultado fue una malla suspendida en el aire, con capacidad de realizar diferentes movimientos ondulantes. Fue así que se me reveló una perspectiva para crear una forma de arte nuevo y personal¿, dijo Crespín a ArtNexus.
Como las obras de Gego, las composiciones de Crespín también aparecen primero en bocetos (alteradas, tachadas, complementadas) sobre papel y, como artista del siglo XXI, también en simulaciones tridimensionales en la computadora.
Hasta enero de 2010, el artista presentó un total de veinticinco esculturas ante la sociedad global, comenzando por la primera, Malla Electrocinética I (2004), que exhibió en 2004 en varias colectivas en Venezuela y en ArtBots 2005, en Dublín, donde ganó el premio Artist´s Choice. Se trata de una malla horizontal cuadrada tejida por cables de acero, de 50 x 50 cm, suspendida por medio de 64 hilos de nailon articulados en 64 nodos de plomo, conectados a 64 motores reciclados de impresoras, junto a una PC y software. Pero antes de Irlanda, en 2004, mostró la segunda obra, Malla Electrodinámica Hexa (2004), en el Salón Michelena del Ateneo de Valencia (Venezuela), y ganó el Premio Armando Reverón.
La primera exposición individual de Crespín fue en Caracas, en el espacio cultural CANAL, invitado por su director, Yucef Merhi, a inaugurarlo en 2006. En Electrocinéticas presentó tres esculturas electrocinéticas: Elipsis, Tríada y Tetralineados. Sobre Elipsis (2005), que ya había exhibido con anterioridad, Crespín comentó que había trabajado intensamente para que, en la nueva versión, los movimientos fueran más ¿fluidos, curvos, orgánicos, y naturales¿, con poleas y bases aislantes nuevas. Por su parte Tríada (2005) es una variación de la Malla Electrocinética 1, con mayor ¿libertad de movimiento y formulación¿. En cuanto a Tetralineados (2006), desde su concepción, ¿diseño inicial y hasta su construcción, prueba y puesta a tono, siempre estuve muy ansioso por verla funcionando. Tiene un cambio importante en lo visual y funcional respecto a todas las piezas anteriores¿, posee volumen y elementos disconexos; esta ¿desconexión ofrece mayor libertad de separación y reencuentro en los movimientos¿, agrega el artista.

Parecen simples
Distintas en lo formal, todas sus obras juegan incluso con la convergencia de la sombra y, como queda dicho, parten del mismo umbral, tienen una matriz de motores eléctricos conectados a una minicomputadora que ejecuta un programa y dosifica, a través de unos hilos de nailon, sus vibraciones y variaciones. Sin duda, la apariencia de simplicidad de las esculturas electrocinéticas forma parte de su atractivo. Pero no hay nada sencillo detrás de esas oscilaciones logradas a través de la tecnología, que, curiosamente, en vez de generar frías racionalizaciones ofrecen sorprendentes conmociones que redundan en sensaciones y sentimientos.
Claramente, el conocimiento y la utilización del desarrollo tecnológico alcanzado por Crespín es sólo un medio para el develamiento de la poesía. Sentado frente a su monitor, Crespín trabaja arduamente para crear sus esculturas, quizá como quien imagina un orden para oponer a la anarquía de la vida, para controlar la respiración de las formas que, literalmente, penden de hilos y de su creatividad para recibir una nueva vida. Los resultados de sus extensas investigaciones no son automáticos. Vaya a saber cuánta prueba y error ocultan las gráciles y logradas piezas.
Una vez concebidas, dibujadas, fabricadas, probadas, embaladas, transportadas, desembaladas, viene un complejo montaje. El artista, conjuntamente con un equipo de un mínimo de tres o cuatro personas, cumple con una larga lista de tareas, de por lo menos treinta pasos, que comienza en el colgado del techo de la plataforma, la conexión de control, la instalación eléctrica, las pruebas, el encendido, hasta verlas marchando y expuestas a la consideración pública. Eso, si es que todo funciona bien, si la programación responde y todo está en su lugar. Porque puede ocurrir, como en la cuarta edición anual de la exhibición de arte robótico ArtBots 2005, que suceda un imprevisto.
Crespín presentó un proyecto para este encuentro en Dublín, en donde fueron seleccionados solamente 21 participantes de todo el mundo. La noche anterior a la inauguración, el 15 de julio, en la iglesia Saints Michael and John, el artista había dejado todo dispuesto antes de retirarse a descansar. El día señalado, sábado, se presentó temprano en la iglesia para realizar unos ajustes en Malla Electrocinética I y para estar disponible para conversar, acerca de las cosas que se pueden hacer con unos ¿motorcitos¿, con unos escolares que pasarían a ver los trabajos expuestos antes de la apertura oficial. Pero su computadora no aparecía. Primero pensó que se la habían guardado y al rato concluyó que se la habían robado (esto sí que fue inesperado). Le ofrecieron otra, pero no tenía consigo la versión actualizada del programa de control de la obra.
Las reflexiones de Crespín en torno de este incidente son conmovedoras: ¿allí estaba la Malla, quieta, horizontal, callada, muerta, cadáver, testigo cierto de todo el esfuerzo, recursos, esperanzas, y en el día crucial, nada. Era una metáfora de la muerte. Por suerte, sólo la muerte de una red metálica y no de un ser vivo o humano. Aunque, realmente, no era una muerte sino más bien un coma¿. Después de encontrar en un CD unos archivos no actualizados del programa de control, intentó ¿reanimar¿ la escultura. Fue imposible. A pesar de la solidaridad de muchos colegas, el programa le daba error. A continuación de una serie incomprensible (para quien esto escribe) de peripecias tecnológicas que involucró conseguir los archivos necesarios en la web, que copió en un cibercafé a la cámara fotográfica que funcionaba como memoria portátil, una laptop a la que no le funcionaba el puerto de conexión, y muchos detalles técnicos más, incluidos advertencias automáticas de ¿camino no encontrado¿ (path not found), dos llamadas a Caracas para que un amigo (a quien no halló) le enviara los programas por internet, el string con el nombre de directorio y archivo y la ayuda de otro artista que cambió el ¿puerto¿, Malla¿ comenzó a moverse, justo cuando empezaba a llegar la gente a la exposición. Finalmente, después de casi cuatro horas de nerviosismo y desaliento, ¿la danza comenzó nuevamente¿.
Pasada la pesadilla, y ya accionada, la obra deslumbró y fue vista no sólo por miles de personas, sino también por Diane Harris, la directora artística del Kinetica Museum, quien, fascinada, se interesó en su trabajo y lo invitó a participar en Life Forms (2006), la muestra inaugural de este primer e innovador museo londinense de arte electrónico.
A partir de entonces, Crespín sigue creando formas e imaginando insospechados desplazamientos y torsiones; trabajando con fórmulas matemáticas, motores, computación, corriente, voltaje. Sin dejarse enredar por tanzas y poleas, el artista transmuta sus invenciones en obras que provocan un persistente asombro, por la apariencia simultánea de inestabilidad y perfección que ofrecen las líneas, la infinidad de piruetas que crean en el espacio y las siluetas de los perfiles originales duplicadas, gracias a una certera iluminación, en sombras enigmáticas.
Los desafíos que enfrenta Crespín, incluido un sinnúmero de difíciles vericuetos de diseño y de programación, cada vez que imagina y encara un nuevo trabajo, son un medio, pero a la vez constituyen parte del placer de su incesante creación. Gracias a la evolución de la tecnología forjada por el artista, sus obras poseen asombrosos niveles de estabilidad y confiabilidad. A partir de 2009, algunas incluyen el color, como su serie de Tetralineados (Circular Azul, Circular Policromática, Rojo, Verde) exhibida en Art Basel Miami Beach 2009, que deslumbra y subraya el cambio de las relaciones de las formas en el espacio, mostrando a las vibrantes esculturas bailando fluida y conmovedoramente.
Regia compañía para el trabajo de Crespín, quien participó con Equiláteros (2008) en North Looks South: Building the Latin American Art Collection (Mi Norte es el Sur: construcción de la colección de arte latinoamericano), curada en 2009 por Mari Carmen Ramírez en el Museum of Fine Arts of Houston (Estados Unidos). La muestra celebra el encuentro de más de ochenta piezas, que van desde las primeras décadas del siglo XX hasta la actualidad, adquiridas desde 2001 por el museo de Houston; con obras de Gego, Soto, Cruz-Díez, Oiticica, Lygia Clark, Xul Solar, Antonio Berni, Marta Boto, Juan C. Distéfano, Gyula Kosice, Matta, Alfredo Jaar, Siqueiros, Frida Kahlo, Teresa Margolles, Beatriz González, Óscar Muñoz, José Gurvich, Torres García, entre otros.




 


 

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