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Happy Birthday to You (Feliz cumplea?os a ti)/Accion realizada en la exposicion Art is My Business (El arte es mi negocio)
 

 
Exposición Individual
Darío Escobar

ArtNexus #43 - Arte en Colombia #89
Feb - Abr 2002



San José, Costa Rica
Institución:
Jacob Karpio Galería

Claudia Concepcion Astiasaran


¿Art is my business¿, reciente muestra del guatemalteco Darío Escobar, vino a cerrar un ciclo importante dentro de la producción de este artista. Sin las intenciones lapidarias que suponen las exposiciones antológicas, pero si tratándose de un review muy cuidadoso conformado por Escobar y el galerista Jacob Karpio, la muestra sugiere un tránsito por toda la propuesta investigativa y la conceptualización que ha hecho este artista acerca del barroco, culminando con obras donde la sublimación de este proceder está más bien sintetizada en la alteración de órdenes formales y en la perenne idea del disfraz.
Inmerso en un sistema de códigos establecidos a priori, el arte siempre se ha manejado en el obseso mundo de las construcciones sociales, ideológicas y estéticas; Darío Escobar ha devenido, de esta manera, una suerte de antropólogo de la contemporaneidad, y los objetos que ¿rescata¿ son los emblemas de un tiempo, de ahí que los mismos no remitan a nada concreto, sino que hablan de sus propias especificidades objetuales, y que su ¿belleza¿ formal sea la primera y, hasta cierto punto, más justa de las lecturas.
Escobar elige y esa elección, que se opera dentro de la amplísima densificación iconográfica del universo simbólico actual, no es arbitraria; no son casuales un Vaso de Mc Donald´s, unas Cajas de Corn Flakes, o los Skates; son los ídolos contemporáneos que el revestimiento dignifica e inutiliza. No hay más función en ellos que la de la complacencia visual, las perturbaciones ideológicas que producen en más de uno de los receptores vienen dadas por las rupturas de los cánones hostiles que la conciencia social ha pautado. Los lugares comunes (y estos objetos no dejan duda de eso) son las expresiones más acabadas, los rasgos definitorios de una civilización; de ahí que las víctimas recientes de este proceso obligatorio al que Darío Escobar somete a sus elegidos, los nuevos skates (una de las formas que más han seducido al artista), no sólo lleven contenida la condición escultórica de los primeros, sino que son la consumación del nuevo sentido que le otorga al readymade. La nuevas piezas pactan con la lógica del transformer tan activada por la obstinación de los medios masivos y las sociedades actuales, pero carentes de la noción multifuncional exigida, se trasmutan (con la misma ansia insaciable e innúmera de Pessoa) en ellas y otras, potenciando de sí mismas el capricho del arte.
El barroco entonces se deja ver en ese agotamiento de las posibilidades ¿diría Borges¿ que competen mucho más a la capacidad de hablante de ese objeto y su legitimación estética que, en medio de la fragilidad y el resquebrajamiento de la memoria individual, ha sabido imponerse como consenso y fetiche por obra y gracia de la cultura de masas; o quizás en las continuadas citas a la pintura del siglo XVII, esta vez sobre sleeping bags o carpas de campamento, o la virgen que produce 1,24 galones/minuto, desarrollando una veta irónica que mataría de envidia desde los más sofisticados mercados de productos chinos hasta toda la población laica de Occidente. El artista también sabe pintar y lo hace como Dios manda, sin miedo de perecer en el intento.
Se opera aquí un desplazamiento desde el espacio público de la vida cotidiana (el más auténtico museo, lugar primigenio de producción y consumo de cultura) hasta el sublimemente privado de la galería, revelándose también como uno de los aspectos centrales de su propuesta . El apenas perceptible texto art is my business es el axioma normativo que da nombre a la exposición; calado en papel blanco sobre la blanquísima pared de la galería y acompañado de ese popular slogan NO MONEY/ NO HONEY, da cuenta de la importancia de esa conversión de espacio. La impronta de esas palabras, contrastada con la sutilidad del blanco, va transformando esa pared en la propia obra, el sostén de los mecanismos de circulación artísticos es arte ahora también por voluntad del arte, y en esa negociación de medios y canales tan heterogéneos, se fundan la producción y la legalización del mismo.
El arte ¿apuntaba Vigotski¿ consiste en ocultarnos el arte; en ese juego casi literal de enmascaramiento se articula la obra de Darío Escobar. Desde la poética de Aristóteles hasta nuestros días, la idea de mimetizarnos, de igualarnos a, metamorfosearnos en y consumirnos en el disimulo es una condición humana; por eso el camuflaje no es sólo un modus operandi en esta muestra, es la regulación que la aglutina y le da sentido. Así, se pasa por el oro y la plata, la adulteración y la transformación formal de las piezas hasta la obscena y evidente alusión al vestido militar (forma más usual de emplear el término) en los angelitos que se trasvisten en la pared o el bonete de Happy Birthday to You!, donde el camuflaje se instaura, más que en hilo conductor, en leitmotiv oportuno de la muestra como un homenaje a nuestra propia conducta engañosa y a la pasiva complicidad con que asumimos la estetización y el simulacro del consumo.
Correctamente articulada, sin la profusión o el horror vacui que supondría la sola mención al barroco, art is my business cerró un ciclo y abrió posibilidades. Ciertamente, la exposición descubre el distanciamiento crítico de Escobar con sus objetos y las nuevas capacidades estéticas de los mismos, sin la necesidad de materiales nobles; desprovistos de su orientación inicial y reinsertados en otra dinámica, a través de pequeños y susceptibles canjes, son la nueva trampa de su representación.
¿Algo¿ está destinado a ser el business de todos; para los que lo producen, lo venden, lo compran, lo escriben o lo leen, el arte es el suyo. Esta carta de aviso del artista nos compete incluso a los que lamentablemente no hallamos un business menos complejo; advertimos a Escobar en una nueva etapa reenunciativa y en la construcción hipotética de un lenguaje utópico que a inicios del pasado siglo Duchamp, para quien el arte también era su business, sabiamente nos legó.




 


 

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